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San Nicolás de los Arroyos
jueves, 1 diciembre, 2022

Edición N° 4249

ARQUITECTURA Y PREVENCIÓN DE SUICIDIOS

ESPACIO Y SALUD MENTAL

Según la última encuesta realizada por la Organización Mundial de la Salud, en 2019 hubo más de 700.000 suicidios en todo el mundo. En Brasil, los registros se acercan a los 14.000 casos por año, o sea, en promedio 38 personas se suicidan por día. En ese contexto, se creó en el país vecino “Septiembre Amarillo”, la mayor campaña antiestigma del mundo que anima a todos a actuar activamente en la concientización y prevención del suicidio, un tema que aún es visto como tabú.



La arquitectura puede asumir un papel especialmente importante en materia de prevención de suicidios, presentando decisiones de diseño que promuevan el bienestar de sus usuarios en una actividad útil definida por una comprensión tanto de la física estructural como de la interacción humana. Nuestra experiencia cotidiana de lo monótono a lo espectacular puede, por lo tanto, crear orden e inspiración a partir de formas y materiales que se convierten en el escenario de las actividades humanas. Implícito en estos objetivos está la capacidad de la arquitectura para influir en la salud física y mental de las personas que viven, trabajan y juegan en los entornos creados por el gremio de la arquitectura.

De esta forma, se entiende que las ciudades pueden incitarnos a desarrollar diferentes sentimientos, ya sea negativamente, como un aumento del estrés, o positivamente, ayudando a afrontarlo. Situaciones que se potencian aún más cuando se trata de personas que enfrentan un trastorno mental, ya que cuanto más grave es una enfermedad mental, más profunda es la tendencia a volverse demasiado reactivo a ciertos entornos y poco estimulado por otros.

Experiencias

En este sentido, reconociendo la amplia gama de estrategias que se pueden utilizar en el proceso de diseño, así como apreciando el carácter subjetivo de la arquitectura, en la que cada persona puede experimentar sensaciones diferentes en un mismo espacio, siempre salen a relucir algunos puntos concretos cuando se habla de arquitectura y salud mental.



En 2008, Park y Mattson realizaron un ensayo clínico aleatorizado con pacientes quirúrgicos, evaluando los efectos terapéuticos de las plantas en las habitaciones de los hospitales. Noventa pacientes fueron estudiados durante un período de seis meses en Corea. Las habitaciones eran idénticas, ubicadas en el mismo piso, la única diferencia era la presencia o ausencia de plantas. Como resultado, el grupo experimental tenía niveles más bajos de ansiedad, presión arterial y frecuencia cardíaca. Es decir, al considerar la presencia de plantas en ambientes hospitalarios, los arquitectos pueden auxiliar en la recuperación física y mental de los usuarios. Esta misma conclusión es válida para otros enfoques relacionados con los aspectos naturales dentro de los espacios construidos, como el acceso a la ventilación y la iluminación solar, como presenta la biofilia.

Confort

Estas experiencias se pueden medir a través de conceptos objetivos como el confort térmico, visual y acústico traduciéndose en tablas con niveles aceptables de celsius (temperatura), lux (iluminación) y decibelios (ruido). Sin embargo, poder entender e interpretar estos números, materializándolos en espacios funcionales y agradables, es un desafío porque diferentes requisitos pueden ser contradictorios. Por ejemplo, concentrarse en crear hermosas vistas y espacios que estén muy iluminados por la luz del sol puede chocar con el resplandor ambiental y el sobrecalentamiento.

Por lo tanto, una arquitectura —y también un urbanismo— que se preocupa por la salud mental de sus usuarios parte de quienes entienden el propósito de la estructura que se está diseñando, así como de las personas que la utilizarán, teniendo en cuenta los sentimientos y las emociones.



Seguridad y legibilidad

Gaston Bachelard en su libro “La poética del espacio” fundamenta las propiedades espaciales en la influencia de la constitución del ser, más precisamente en sus aspectos psicológicos. En el término denominado topofilia (preferencia o conexión sentimental que alguien tiene en relación con determinados lugares) el autor desentraña la dualidad entre espacios de hostilidad y espacios felices, analizando los valores y sentimientos que despiertan en ellos como protección, refugio y tranquilidad. El libro, por tanto, refuerza el papel fundamental de los espacios en la vida y la experiencia cotidianas, así como en la constitución de la memoria afectiva. En este sentido, la arquitectura también debe responder a elementos subjetivos —tan importantes como otros aspectos— fomentando sensaciones fundamentales para la salud mental de sus usuarios, como la pertenencia, la seguridad, la legibilidad, la privacidad y la creación de recuerdos. Esta respuesta puede darse de diferentes formas, ya sea en la técnica constructiva elegida, en la morfología, en los materiales y texturas, en las relaciones con el entorno y la comunidad, entre otros.

Es un hecho que la buena arquitectura no proporcionará soluciones mágicas para las personas con problemas de salud mental. Tampoco reemplazará los avances en la ciencia y la medicina. Sin embargo, ofrecer espacios cómodos, acogedores y bien diseñados, donde los usuarios se sientan felices y seguros, es una forma de contribuir a la felicidad cotidiana, no solo cuando se trata de edificios específicamente destinados al tratamiento de enfermedades mentales, sino también de espacios públicos que inspiran seguridad y legibilidad así como pequeñas intervenciones que sirven como un respiro de bienvenida en medio del caos.

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