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San Nicolás de los Arroyos
lunes, 25 octubre, 2021

Edición N° 3847

CÓMO FUE EL COMBATE DE SAN NICOLÁS DEL 25 DE OCTUBRE DE 1859

“Este fue el enfrentamiento naval más importante de la historia, por la cantidad de buques de guerra, que se dio entre los argentinos en épocas de la organización nacional”, considera el autor. 



Por Rodolfo Fernández Viña *

El 25 de octubre de 1859, en medio de las contiendas militares por la organización nacional, se libró el combate naval entre argentinos más importante de la historia. Las flotas del Estado de Buenos Aires y de la Confederación Argentina involucraron a quince buques de guerra y once de transporte, en un enfrentamiento librado en aguas del Paraná, frente mismo a la ciudad de San Nicolás de los Arroyos. 

Dos días antes, el 23 de octubre de 1859, tuvo lugar la batalla de Cepeda entre los ejércitos, comandados por los generales Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza. Más allá de los nombres, se enfrentaron dos proyectos de país, ya que, desde la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, había tomado la provincia de Buenos Aires la forma de la segregación y el desconocimiento de la Constitución Nacional sancionada en 1853 en Santa Fe, a partir que la Cámara de Representantes de Buenos Aires se negó a tratarla; y que antes ya había desestimado analizar los postulados del Acuerdo de San Nicolás. 

Mitre

El coronel mayor Bartolomé Mitre fue puesto a cargo de la Comandancia del Norte y de San Nicolás; significaba esto que a partir de esta designación los destinos del general y la ciudad se mantuvieron en íntima convivencia, desde ahí es que San Nicolás de los Arroyos fue la más “mitrista” de las ciudades. La población, que rápidamente se incrementó hasta prácticamente duplicarse, fue protegida por la construcción de varias baterías estratégicamente distribuidas 

Mitre se trasladó desde San Nicolás de los Arroyos, bordeando el arroyo Del Medio hasta un sector de campo, conocido como “La Horqueta” en la desembocadura del Arroyo Los Cardos en el Arroyo Cepeda, y lo hizo con la plana mayor y el grueso de su ejército, que, si bien con menos caballería, logró superar al de Urquiza en infantería, cantidad de cañones y calidad de armamentos; eran nueve mil sus efectivos, de los cuales, cuatro mil setecientos eran infantes y cuatro mil jinetes; y contó con veinticuatro piezas de artillería. El ejército de la Confederación contaba con alrededor de catorce mil efectivos, de los cuales diez mil eran de caballería y tres mil de infantería. Su artillería contaba con treinta y cinco cañones. 



Ataque

El día 23 de octubre de 1859, alrededor de las 17,30 hs., Urquiza decidió atacar con todas sus fuerzas a las tropas de Mitre, que las esperaban en formación defensiva. Lo cierto es que, al anochecer de aquel día, las tropas de Urquiza, especialmente las de su caballería, rodearon a las fuerzas porteñas y tomaron su campamento, obligando al desarticulado ejército de Mitre a emprender la retirada hacia San Nicolás en búsqueda del puerto aliado. Aquí lo esperaban los buques de su flota comandada por D. Antonio Susini. Demoraron 15 horas en llegar, cubriendo más de setenta kilómetros esa noche, y sintieron el hostigamiento, esporádico y desordenado, de los jinetes de la caballería nacional. Llegaron a la ciudad el día 24 después del mediodía.  Mitre temía que Urquiza generara un ataque con sus soldados a San Nicolás de los Arroyos, por eso, en las primeras horas del día 25, las tropas porteñas desde sus campamentos en la ciudad comenzaron las maniobras de evacuación, dirigiéndose al puerto. 

Mitre embarcó los restos de los batallones de línea y de artillería que le quedaron en los buques de su armada. La escuadra Confederada permanecía anclada río arriba, en las cercanías de la ciudad, en el sector del Paraná conocido como “El Infiel”; con la intención de atacar y abordar los buques de sus enemigos con la propia infantería embarcada, cuando comenzara a navegar rumbo a Buenos Aires.  

La fuerza naval militar porteña contaba con once buques de transporte y seis de guerra que se formaron para proteger el embarque de las tropas. Aquella armada fluvial estaba provista de cuarenta y tres cañones de diversos calibres, y una tripulación de alrededor de novecientos hombres. Por su parte, los confederados habían convocado nueve buques artillados, comandados por Cabassa. Cinco de ellos eran a vapor y cuatro veleros, con setenta y dos bocas de fuego, casi duplicando la de la flota de Buenos Aires. 

Coordinó la evacuación de soldados, y además hizo cargar los pertrechos que pudo reunir precipitadamente, el Capitán del Puerto, el teniente primero D. Domingo Ballestero quien tenía a cargo ciento cincuenta efectivos movilizados, entre los que se encontraban isleños, carpinteros de ribera, lancheros y prácticos, casi todos nicoleños, que prestaron importantes servicios en aquella instancia. 

A las 6 y 20 de la tarde del día 25 y después de terminar de embarcarse, el general  Mitre partió junto a su plana mayor en el “Guardia Nacional”, nave capitana, mientras que los buques de la Confederación aguardaron su salida del puerto local.

Gran enfrentamiento naval

Cuando todos los soldados estuvieron embarcados, incluido el Batallón de Guardias Nacionales asentado en la ciudad, la división de transportes se encolumnó en la margen derecha del río al borde de las barrancas, poniéndose en marcha rumbo hacia Buenos Aires, mientras que los buques de guerra dispusieron un ataque intenso con toda la artillería, cubriendo la partida. 

Los puestos de defensa de la ciudad y su puerto, ya no contaban con sus dotaciones para cubrir con sus cañones este operativo. 

Ni bien los buques de Mitre levaron anclas comenzaron los disparos de la artillería de la flota federal comandada en esa instancia por D. Luis Cabassa, que furiosamente respondía al embate de la fuerza de Mitre que avanzaba hacia ellos y cubría a cañonazos el desplazamiento de sus transportes; pero tras el breve intercambio de las artillerías, que duró poco menos de una hora y media, una oportuna y fuerte tormenta oscureció el cielo, y fue la excusa ideal para que ambos bandos se retiraran del lugar. Debió ser éste un espectáculo imponente, ya que al menos quince buques artillados, en su mayoría a vapor, se dispararon unos a otros, y pocos nicoleños pudieron presenciar semejante bombardeo. 



Se contabilizaron sólo ocho muertos en la contienda y el general Mitre sintió muy cerca el impacto de un cañonazo que pudo haberle costado la vida. Este fue el enfrentamiento naval más importante de la historia, por la cantidad de buques de guerra, que se dio entre los argentinos en épocas de la organización nacional. 

A la distancia temporal, podemos inferir que Mitre se apropió del axioma de la loba que entrega al enemigo uno de sus hijos para poner a salvo la familia, porque dejó en estado de abandono y orfandad a la ciudad y a los habitantes de San Nicolás de los Arroyos. No pergeñó ni proyectó la defensa de la ciudad para protegerla; mientras derrotado le urgía volverse a Buenos Aires.  Sólo le interesó huir “salvando su pellejo” y el de los hombres de sus fuerzas, para proteger su proyecto personal y de país a futuro, según su concepción, y no reparó en que la ciudad que abandonó pudo ser considerada plaza enemiga de la causa por la Confederación 

Mitre nunca se preocupó por dejar la ciudad que le fue aliada, al designio de los triunfadores de Cepeda; que bien podrían haberla tomado, saqueado o subordinado para plantar sus propias fuerzas, ganarle territorio a la Provincia y despojarla de su condición de plaza de asentamiento militar de frontera. Fueron los invasores quienes aportaron respeto y seguridad a los sacrificados ciudadanos, designando la mejor autoridad política y militar posible para regir los destinos de los nicoleños: el coronel José Luis Barrera, quien, como hijo adoptivo de la ciudad, supo estar a la altura del honor que lo acompañó toda su vida. 

Cuando partieron los buques, al compás de los redobles de los tambores de la banda, y con banderas de la Confederación desplegadas, hicieron su ingreso a la ciudad los soldados de una división ligera, desprendida del ejército de Urquiza, al mando del coronel Fermín Rodríguez. Ante esta situación, cuya realidad no había sido prevista por las autoridades civiles de la ciudad, la Municipalidad reunió precipitadamente a sus integrantes, y resolvió que, a partir de proveer la seguridad pública, hacían saber a los invasores que se acataba el “nuevo estado de las cosas”, y  le entregaron una “nota de atención” al jefe militar que había tomado posesión de la ciudad. 

* Miembro del colectivo ciudadano Acuerdo Nicoleño.


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