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San Nicolás de los Arroyos
miércoles, 8 diciembre, 2021

Edición N° 3889

DÓNDE VAN LOS BÚNKERES CUANDO LLUEVE

CRÓNICAS DE LA CUARENTENA

Supieron de risas y llantos, de sueños compartidos y esperanzas derrotadas, de dibujos en el aire y contradicciones a flor de piel, de peleas a los gritos y abrazos entrañables. Ellos, los búnkeres de campaña cierran una temporada y aguardan expectantes el comienzo de la próxima que se antoja más cercana e importante. Las legislativas pegan fuerte, aunque la gran parte de la ciudadanía no entienda muy bien qué es lo que se vota.



Germán Rodríguez
diarioelnorte@diarieolnorte.com.ar

Supo de festejos, de caras largas, de expectativas, de sueños y fracasos, de fiesta y duelo. Los veía ahí rumiando nombres, sumando planillas y haciendo cálculos infinitos, barajando puestos, futuros. Sus cerámicos sopesaron la esperanza de los candidatos, fueron testigos de lágrimas ocultas y sonrisas desdibujadas para el afuera, saben de esas largas conversaciones, de las peleas que nunca verán la luz, de los gritos que las paredes asfixian y se esconden como el pozo del que descubrió el secreto de Midas. Son los búnkeres electorales que pasada su época de esplendor duermen anhelando una nueva campaña que los saque del vacío y los transforme.

El búnker de Pellegrini y Savio, bastión oficialista del Passaglismo, fue núcleo de reuniones, boletas, y centro de control de fiscales que iban de un lado a otro acomodándose para encarar la larga y ploma jornada.



Luego el Hotel Plaza ofició de centro de control, de festejos y algarabía, mientras el búnker quedaba solito y frío, anhelante de resultados, sin saber lo que pasaba, viendo la jugada desde lejos. Alguno que otro llegaba para estirar las patas y hablar del día largo y lo copado que fue el recuento final con tan pocas boletas y más organizaditos, pensando en la joda a la noche.

Pero la fiesta fue en otro lado, por calle Italia, con sonido, estrado, festejos, bailes, cantitos, discursos emotivos y después a brindar y celebrar lo sabido de antemano, pero que es mejor tenerlo ahí calentito en la mano y confirmado.



Frente

El búnker del Frente de Todos fue un conglomerado de emociones encontradas, una esperanza acotada y que se sospechaba su final. Eran los pasos de una muerte anunciada, pero con el brillo en el fondo de la resurrección y que no todo sea catastrófico. Los concejales seguro eran tres, porque de entrar un cuarto estaría Adolfo, y con Adolfo pasaron cosas. Ese búnker supo de música entretenida, porque los fiscales que estuvieron en la vereda y en la calle esperando resultados se la merecían, un par de brindis, buena onda y que sea lo que sea, porque como dice Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.



Ese búnker sabe de muchos nervios y los números eran la clave del todo, como ese televisor solito tirando imágenes que suben y bajan y que cuestan entender. Está esa sensación de festejar para el afuera y sufrir por dentro, de un mensaje esperanzador a todos los seguidores, de que la victoria oficialista fue pírrica y la derrota es en clave de victoria. El mundo no acepta perdedores y esa imagen jamás debe aparecer. Sea como sea todos se verán en el Concejo, debatirán, escribirán largas diatribas, citaran héroes nuestros y sueños idealistas, pero a la hora de decidir, el número de bancas que tenga cada partido será lo determinante. Se vota en bloque como si estuviera bien y el mundo ya lo acepta. Alguno se rebelará de vez en cuando, pero no trascenderá, y Legislativo y Ejecutivo seguirán de la mano, como desde la época de los griegos y los romanos.



Llegar

El búnker de Alem se transforma, muere y renace; es una bola de nervios. Fue una patriada en las primarias y en el ex-boliche se tejían otras alianzas. La noche de las elecciones lo vio desfilar, alejado del partido, todavía vivo y esperanzado, una cuarta banca era lejana pero no imposible, y los números no fueron tan malos como presagiaban los hados de la democracia. Esa noche el teléfono estuvo caliente entre los afiches y algunos seguidores que lo bancaban al Adolfo. Ese búnker nació en esta elección y siente en su espalda el peso del fantasma de la música, el boliche y el alcohol; todavía siente la embriaguez de otras épocas y mira de reojo a Adolfo, que lo transformó hasta metamorfosearlo totalmente como un cuento de Kafka.

El sueño de la banca está ahí, no hubo unión justicialista y todo pinta para un bloque unipersonal que cortará más las alas de la oposición local. La unión hace la fuerza y seguramente se consensuarán partes. Pero el Concejo sabe que solo manda uno.

Los búnkeres duermen y sueñan nuevas elecciones. Durante dos años serán olvidados, pero en este país de continua campaña, no será tan largo el letargo.

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