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San Nicolás de los Arroyos
jueves, 7 julio, 2022

Edición N° 4102

DIOS HABITA EN NOSOTROS

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn 14, 23-29).

Por el obispo + Hugo Norberto Santiago



“Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: ‘El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. NO se inquieten ni teman! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes’. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.”
Palabra del Señor.

Un único bien grande que no pasa

    En todo hombre hay un lugar religioso que lo ocupa Dios o no lo ocupa nadie; eso se percibe como soledad y como la necesidad de estar en la posesión de un bien grande que colme ese vacío y que no pase. La psicología de la propaganda ha captado esta realidad humana y por eso nos presenta a un producto de consumo – un auto, un celular, una lancha -, como un bien grande que no pasa. Sin embargo, una vez que lo adquirimos, si bien al principio nos da alegría y cierto bienestar, con el tiempo vamos constatando que pierde brillo, no nos da la satisfacción primera y pasa; pero aparece otro bien de consumo con la misma promesa y volvemos a comprar. Así surge la carrera del consumo detrás de bienes limitados que no logran llenar nuestro corazón. En realidad, hay un solo bien grande que no pasa: Dios. Por eso decía san Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”.



Dios habita en nuestro interior

       Dice Jesús en el Evangelio de hoy: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. Desde que recibimos el sacramento del bautismo y la confirmación, los cristianos sabemos que Dios habita en nosotros y por su Espíritu Santo nos recuerda sus palabras, nos aconseja y nos guía en la vida; por eso es posible el diálogo y la amistad con Él. Una vez que saboreamos esa amistad, ese encuentro con Dios presente en nuestro más profundo centro, surge espontáneamente en nuestro corazón una escala de valores: primero Dios, luego nuestro prójimo a quién nos pide amar, y finalmente las cosas, que debemos administrar para el bien común. Disfrutamos de la vida que Dios nos regala, de los bienes materiales, de los proyectos humanos, siempre que sean para la construcción de un mundo mejor; pero ya no se nos escapa que lo más consistente que tenemos es nuestra amistad con Dios, con Cristo; por eso tratamos de ser fieles a su palabra, por eso intentamos amarlo con todo nuestro corazón, porque lo descubrimos como lo más valioso que permanece, que no se desvanece con el paso del tiempo.

El regalo de la paz

         El corolario de esta habitación de Dios en nosotros por su Espíritu Santo y de nuestra amistad con Él, es la paz. Dice Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. La paz del mundo, marcado por el egoísmo y la injusticia, suele ser un equilibrio de fuerzas siempre inestable, por eso es frágil. Lo vemos con la “guerra estratégica” entre Rusia y Ucrania” que pone en vilo la paz de todo el planeta. La paz que da Jesús es estable y profunda, proviene de la realidad de estar anclados y edificados en Dios, de cuyo amor nada ni nadie, nos podrá separar. Es una paz que se transmite y se comparte; es lo que expresamos en cada Misa cuando nos decimos: “la paz esté contigo”, es la paz que sólo puede dar Dios y nos hace actuar con calma, incluso en los momentos más dolorosos de nuestra vida; es la realidad que expresó Santa Teresa de Ávila, de manera magistral: “Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”. Buen domingo!

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