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San Nicolás de los Arroyos
lunes, 11 octubre, 2021

Edición N° 3833

EL DÍA GLORIOSO QUE NADIE RECUERDA Y EL GENERAL QUE MURIÓ SIN HABER LEVANTADO LA HIPOTECA DE SU CASA

Por Julio Lagos

El 11 de octubre de 1945, comenzó a concretarse un gran proyecto para el país en la localidad jujeña de Zapla que pasó inadvertido frente a la crisis institucional que desembocó en el 17 de octubre. El protagonista fue un militar del que nadie habló.



Este lunes se cumplen 76 años. Aquel 11 de octubre de 1945, en la jujeña localidad de Zapla, se hizo la primera colada de arrabio en la Argentina. Es decir, ese día comenzó a concretarse el proyecto de producir acero en el país. Fue el primer paso de la siderurgia nacional, la industria que tuvo un promotor indiscutido: el general Manuel Nicolás Savio.

Esa jornada y también las siguientes la noticia pasó totalmente inadvertida, porque en esas horas el país estaba pendiente de otra cosa: la crisis institucional que desembocó en el 17 de octubre, un episodio que transformó la historia política nacional.



Nadie habló de Savio ni del acero. Esta crónica -escrita hoy en medio de la conmoción mundial provocada por los Pandora Papers- quiere ofrecer una semblanza de ese personaje.

Porque para hablar de acero y de siderurgia hay que tener una versación de la que carece un servidor. A su turno, Adriana Azcurra, Juan Enrique Guaglialmelli, Raúl Larra, Pedro Castiñeiras o Carlos Bellero -entre otros- lo han hecho estupendamente.

En cambio de Savio es poco lo que se sabe. Y él está lejos de figurar en las habituales agendas periodísticas. Quizás resulte útil que el primer dato sea, paradójicamente, el último de su biografía: cuando murió no había terminado de levantar la hipoteca de su casa, que estaba en la calle Tres de Febrero del barrio de Belgrano y que había comprado con un crédito del Banco Hipotecario.



Industrialista

Savio quería el desarrollo armónico de la economía del país. Por eso en un almuerzo de camaradería, en 1945, expresó: “Sería un serio error desarrollar planes de industrialización con el más mínimo menoscabo para la agricultura y la ganadería. Lejos de eso, cada vez con más efectividad debemos dedicarnos a ellas, intensificando los cultivos, evitando la inutilización de grandes extensiones afectadas por la erosión, combatiendo las plagas y mejorando las razas”.

Y al mismo tiempo, afirmaba su fe industrialista: “Haciendo cada vez más y más grande nuestra producción en esos sectores de trabajo, pues siempre tendrán un valor efectivo en la economía universal. Paralela y complementariamente desarrollemos nuestra industria metalúrgica y manufacturera empezando por las de orden básico y primordial, armonizándolas en lo interno y en lo externo”.

Sin embargo, la propuesta industrialista de Savio tuvo mucha oposición. En una oportunidad el diario La Nación objetó su proyecto siderúrgico y en un editorial afirmó: “No tenemos hierro ni carbón de piedra, elementos indispensables de la gran industria. En realidad no nos debemos quejar de la heredad que nos ha tocado en suerte y no hemos de ser mineros mientras nos convenga ser labradores y criadores de ganado”.



La respuesta: Somisa

Savio no demoró en responder: “O sacamos este hierro de nuestros yacimientos o renunciamos a salir de nuestra condición exclusiva de país agrícola-ganadero, renunciando a alcanzar una mínima ponderación industrial, con todas las graves consecuencias que ello implicará en el futuro de la nación”.

Ya lo había afirmado en 1933, en el Curso de Movilización Industrial de la Escuela Superior Técnica del Ejército: “Sin desmedro de la agricultura y de la ganadería, que son y serán las columnas básicas de nuestra economía, debemos encarar progresivamente la obtención de las materias primas esenciales para las actividades metalúrgicas y químicas”.



Siempre estuvo convencido de que la Argentina iba a desarrollar su industria, sobre la base del acero. Y así lo demostraba en su vida familiar, tal como recordó su hija Alicia: “No puedo dejar de recordar que nos explicaba a nosotras, sus hijas de once, diez y siete años, las ventajas de industrializar el país para dar mayor trabajo a la gente. Muchas tardes de domingo de verano nos llevaba con su auto a orillas del arroyo Ramallo, que entonces era una cristalina corriente de agua. En varias oportunidades nos dijo: “Aquí se va a levantar el primer alto horno de la Argentina…”. Y allí se levantó, treinta años después, el Alto Horno de Somisa”.

Pero esta anécdota estaría incompleta sin el dato que pinta de cuerpo entero a Savio y su conducta transparente: “En aquella época para las fiestas de fin de año casi todos jugaban a la Lotería Nacional. Mi padre ganó una cantidad de dinero, no muy grande pero que le permitía, según nos dijo, comprar unas tierras dedicadas a la agricultura cerca de San Nicolás. Mis hermanas y yo nos pusimos muy felices, pero él nos dijo: No, no las voy a comprar porque dentro de unos años estas tierras tendrán un enorme valor y no quiero que crean que se levantó aquí una industria del acero porque yo tenía propiedades”.



Momento clave

Toda su carrera profesional estuvo orientada a la industrialización del país. Y al mismo tiempo mantuvo su ética invariable. Por eso no cobró los honorarios que le correspondían por asumir en 1941 la dirección de Fabricaciones Militares, proyecto que él mismo había presentado en 1938.

Pronto iba a llegar el momento culminante de su vida. Fue cuando en ese cargo propuso el aprovechamiento de los yacimientos ferríferos de la Sierra de Zapla, en la provincia de Jujuy. También entonces debió responder a los derrotistas: “Rechazar la implantación de una industria porque no se cuenta en el país con todas las materias primas que ella requiere es una arbitrariedad, es obrar con ligereza, sin fundamentos, pues son innúmeros los casos contrarios de florecientes resultados. No nos dejemos engañar, hagamos la propia experiencia”.



El 11 de octubre de 1945, se produjo la primera colada de hierro fundido hecha con materias primas nacionales. Fue cuando Savio dijo una frase inolvidable: “Allá en Jujuy, en un pueblecito lejano, un chorro brillante de hierro nos ilumina el camino ancho de la Argentina. Que su luz no se apague nunca: ¡sigamos su luz! ¡Viva la Patria!”.

Enseguida, el 17 de octubre de ese mismo año marcó el punto de partida de un vertiginoso proceso político que culminó con la llegada de Juan Domingo Perón a la presidencia. Pocas semanas después, ocurría algo que se puede conocer gracias al recuerdo de Alicia Savio: “Una noche, cuando en mi casa todos dormíamos, sonó el teléfono y le pidieron a mi padre que recibiera a un grupo de oficiales que querían hablarle. Accedió y los recibió en la sala mientras que en la planta alta su familia dormía o trataba de hacerlo. Sabíamos muy bien de qué se trataba y lo que iba a contestar mi padre”.



Honestidad

Las frases que siguen develan el misterio: Estuvieron hasta la madrugada. Recuerdo las palabras de mi padre cuando se fueron: “¡Cuánto me costó convencerlos! No entendían que no se puede derrocar a un gobierno constitucional elegido por el pueblo. Por suerte logré tranquilizarlos y hacerlos entrar en razones”.

¿Se habría enterado el ya presidente Perón de este episodio? Caben todas las conjeturas como respuesta. De todos modos, Savio era un general respetado por todos, tanto por su vocación industrialista como por su reconocida honestidad.

En ese marco, una mañana de 1946, el general Savio acudió al despacho presidencial y le presentó el Plan Siderúrgico Nacional. Es muy difícil reconstruir la entrevista, pero los pocos testimonios que se obtuvieron coinciden en que Perón escuchó en silencio la minuciosa exposición de Savio. La hija de Savio escribió esto: “El presidente sabía que Savio era intocable y aunque mi padre no manifestaba ningún interés en el poder político, Perón debía tener dudas sobre la acción futura de un hombre tan prestigioso”.



Su reflexión continúa

Perón pensaría “no lo podemos tener en contra nuestra, si no lo apoyamos, seguramente lo apoyarán otros”. Sea como fuere, al cabo de la presentación Perón se levantó y abrazó a Savio. Y el Plan Siderúrgico de Savio fue presentado en el Congreso el 26 de julio de 1946. Por unanimidad, con el voto de peronistas y radicales, se promulgó el 21 de junio de 1947.

Así nació Somisa (Sociedad Mixta Siderurgia Argentina), la obra cumbre de Manuel Nicolás Savio, quien como presidente de su primer directorio -una vez más- renunció a cobrar los honorarios que le correspondían por esa función. Decía que le bastaba con percibir su sueldo de general. Y agregaba, con humor: “¡Cómo voy a cobrar el sueldo de un cargo que inventé yo mismo!”.



A lo largo de su vida se fueron acumulando los sueldos que no había querido cobrar. Cuando se los ofrecieron, su viuda no los quiso aceptar, para respetar la voluntad de su marido.


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