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San Nicolás de los Arroyos
domingo, 7 noviembre, 2021

Edición N° 3860

“LA LIMOSNA DE LA VIUDA”

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

“Cuídense de los escribas”, dijo Jesús a la multitud. WEB


Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (Mc 12,38-44)

*Por el obispo + Hugo Norberto Santiago

“Jesús enseñaba a la multitud: ‘Cuídense de los escribas a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes, que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Éstos serán juzgados con más severidad’. Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Les aseguro que esta pobre viuda ha puesta más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.
Palabra del Señor.



“Mucho ruido y pocas nueces”

      El título que antecede a este párrafo es un dicho conocido y hace referencia a las actitudes de apariencia que guardan una cierta distancia con los hechos concretos; en otras palabras,  se refiere a la persona que aparenta ser lo que no es. A eso se refiere Jesús en el primer párrafo del Evangelio referido a los escribas, que eran especialistas en la ley de Dios, pero no la cumplían; más aún, eran deshonestos porque fingían ser personas religiosas pero su vida era deshonesta, ya que aprovechaban la desprotección social que significaba en el tiempo de Jesús ser una viuda, para cobrarles el poco dinero que tenían a cambio de protección.

“Poco ruido y muchas nueces”

     Si damos vuelta el conocido dicho, lo podemos aplicar a la viuda pobre que es observada por Jesús cuando deposita su limosna en el templo. Jesús la pondera porque constata que, sin mucha publicidad, sin tener apariencia ni presencia, siendo poco valorada en la comunidad de entonces, mientras que otros daban en limosna lo que les sobraba, esta humilde mujer, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir.



Un testimonio

    Antes que comenzara la pandemia, visité un comedor de periferia, que luego seguí visitando porque, dando testimonio de una caridad y una audacia poco común, no cesó de servir a niños humildes durante el duro tiempo en el cual la COVID-19 azotaba a la población creando serios problemas sanitarios y económicos. Lo que me llamó la atención es que era una “iniciativa privada”, es decir, el comedor funcionaba en la casa de una mujer, ayudada por tantas otras vecinas; una casa cuyas paredes no tenían revoque interior y era realmente precaria. El comedor se sostenía con aportes que hacía llegar el párroco, Caritas y alguna ONG, para que alimentaran a unos ochenta niños tres o cuatro veces por semana. Recuerdo que la primera vez fui en vísperas de Navidad y la señora me contó que como habían cesado los aportes de comida, debía interrumpir el servicio en enero y febrero, porque había puesto dinero propio y ya no le alcanzaba para sostener el comedor y alimentar a su familia. Me impresionó porque esta mujer no solo tenía un gran amor por los niños pobres de su barrio, una gran empatía con el hambre que sufrían y que ella intentaba saciar, sino que terminó usando recursos que ella necesitaba para vivir, hasta que no pudo más. Pocos conocen al comedor, más allá de la gente humilde que lo rodea; sin embargo, lleva adelante un servicio de gran valor humanitario y evangélico. Poco ruido y muchas nueces. Tal vez estos pobres nos marcan el camino de cómo debería ser nuestra sociedad en tiempos de pospandemia. ¡Buen domingo!

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