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San Nicolás de los Arroyos
jueves, 27 enero, 2022

Edición N° 3940

ORIGEN DEL PARACAIDISMO MILITAR ARGENTINO (1941-1952)

Hoy la VII Brigada Aérea conmemora por tradición el Día del Paracaidista de la Fuerza Aérea, hito que se gestó en 1944 cuando se llevó a cabo el primer lanzamiento de paracaidistas militares



El presente trabajo publicado originalmente en el Anuario del Instituto Nacional Newberiano 2002 por el comodoro (R) Santos Domínguez Koch, director de Estudios Históricos de la Fuerza Aérea entre 1982 y 1989, fue adaptado y actualizado para su difusión por la Dirección de Estudios Históricos de la Fuerza Aérea Argentina.

La II Guerra Mundial, como extraordinaria contienda bélica sin precedentes, fue al costo increíble de más de 50 millones de vidas humanas perdidas, el campo propicio para realizar grandes experimentaciones sobre el arte militar, dando origen a nuevas doctrinas y mortíferas armas producto de una evolución tecnológica vertiginosa, que se mantuvo bajo estricto secreto. Uno de los ejemplos más ilustrativos fue el empleo masivo de tropas de paracaidistas y aerotransportadas por parte de Alemania que, en los inicios de la guerra, infligió sorprendentes e ininterrumpidas derrotas a los ejércitos aliados.

El Ejército Argentino, que junto con la Armada eran considerados por entonces a la vanguardia de Latinoamérica, al estudiar aquella guerra llegó a la conclusión que resultaría imprescindible la incorporación del paracaidismo militar a su fuerza como medio para perfeccionar su capacidad militar.



Su implementación sería compleja, llevaría tiempo y surgiría de la propia investigación y experimentación, en razón de ser una nueva y secreta arma de la que se desconocía su doctrina de empleo y no existía aún ninguna bibliografía documental específica.

En el campo de la aviación militar argentina y hasta mediados de la década de 1920, el uso del paracaídas por parte de los aviadores no se había generalizado como elemento apto para garantizar la supervivencia de una tripulación ante una grave emergencia aérea. Esto se debía a que aún no había surgido un paracaídas apto y eficiente que superaba su primitiva etapa experimental.

Tal situación comenzaría a ser revertida recién a partir del año 1919 con la creación de un paracaídas de emergencia, realizado por el constructor norteamericano Leslie Le Roy Irvin (1895-1966). El mismo se caracterizó por ser seguro, confiable y práctico, surgiendo así la Irving Airchute Company Inc., empresa que lo proveyó a la mayoría de las aviaciones de entonces.



Aquella adopción llevó su tiempo, dado que existió un periodo de incomprensión por parte de los propios pilotos debido a que algunos de ellos prefirieron sacrificar sus vidas dentro del avión antes que saltar con la protección de un paracaídas.

Su uso obligatorio en la aviación militar argentina comenzó en forma práctica en 1926, ante la incorporación de nuevos y modernos aviones que traían el paracaídas como equipo de dotación normal. Tal es el caso de los 39 aviones Breguet XIX de origen francés, biplanos y biplazas, de reconocimiento y de bombardeo liviano que se adquirieron precisamente en aquel año.

El primer beneficiario de aquella previsora obligación de usar el paracaídas resultó ser el propio ministro de Guerra, general Agustín P. Justo (1876-1943), quien años después llegaría a ser presidente de la Nación Argentina (periodo 1932-1938). El 12 de abril de 1927, durante una gira de inspección por guarniciones militares del interior del país, viajó como pasajero a bordo de un Breguet XIX, cuando fue inesperadamente despedido de su asiento por una fuerte turbulencia, salvando su vida al abrírsele su paracaídas y llegar sano y salvo a tierra.



El historiador brigadier general Ángel María Zuloaga (1885-1975), nos narra que el avión estuvo conducido por el capitán Victoriano Martínez de Alegría, un hábil piloto, quien luego de advertir el descenso forzoso del ministro y, al no poder aterrizar en el lugar, decidió continuar su vuelo hasta llegar al destino previsto. Allí informó a su jefe lo ocurrido, despachándole un telegrama que decía: “Perdí Ministro, Alegría”.

La obligatoriedad del uso del paracaídas se completó un año después, cuando por un decreto se aprobó el Reglamento de Empleo y Matriculación del Paracaídas en el país.

A continuación, destacamos los principales hitos del rico historial del paracaidismo militar argentino en su etapa inicial, que le permitió ser la quinta nación en el orden mundial en poseerla, después de Rusia, Alemania, Inglaterra y EE.UU. y la primera de Iberoamérica.



Escuela de Tropas Aerotransportadas

Paracaidistas desfilando el 9 de julio de 1944

El trascendente proceso argentino del paracaidismo militar tuvo su origen cuando, en 1941, el Gobierno Nacional dispuso aprobar los “Cuadros de Organización de Paz del Ejército para el año 1942”, creando la Agrupación de Transporte de la Aviación Militar con asiento en la por entonces Base Aérea Militar de El Palomar y ordenando a su Estado Mayor iniciar los primeros y complejos estudios.

Una de las primeras disposiciones adoptadas fue asignarle a la referida Agrupación y entre otras, la misión de “colaborar en la experimentación, instrucción y entrenamiento de las tropas de paracaidistas e infantería del aire”.

Se abrió entonces la inscripción para seleccionar los oficiales del Ejército que voluntariamente desearan iniciar estudios teóricos-prácticos sobre esta especialidad, fijando como requisitos ser del arma de Infantería, contar con condiciones físicas óptimas y estar comprendidos dentro de los grados de subteniente a capitán, con no más de dos años en el grado.



El 11 de octubre de 1943 se produjo un acontecimiento trascendente, cuando por un decreto se creó la Escuela de Tropas Aerotransportadas con asiento en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo, asignándole la misión de impartir la instrucción especializada a los Oficiales, Suboficiales y Soldados Conscriptos, de realizar estudios afines, acumular experiencia y proponer los reglamentos pertinentes.

Una resolución complementaria del Ministerio de Guerra estableció que la Escuela se habría de organizar inicialmente sobre la base de efectivos correspondientes a un Batallón de Paracaidistas, a alcanzar en las siguientes etapas sucesivas:

Constitución de la Plana Mayor e instrucción de Oficiales;

Instrucción del cuadro de Suboficiales;



Incorporación e instrucción de Soldados para integrar una Compañía;

Organización de las unidades restantes de la Escuela.

El 8 de noviembre de 1943 se ordenó el primer movimiento del personal para la Escuela, integrándose el primer grupo de oficiales con el capitán Oscar Valarche; los tenientes 1° Jorge Lima y José Bonafina; los tenientes Ernesto Riportella, Edmundo Binotti, Elías Mendizábal y Raúl Roca junto a los subtenientes Horacio Balmaceda Moreno y Alfredo Llorens.

Días después, por un decreto del 12 de noviembre, se nombró al mayor Ulises Ibarra como primer director de la Escuela y jefe del Batallón.

Como instructor de paracaidismo militar se designó al oficial 6° Alberto Galatti (1917-1980), quien por sus brillantes servicios fue reconocido como paracaidista militar, dado de alta a partir del 1° de marzo de 1946 con el grado de suboficial mayor del Cuerpo General de la Aeronáutica Militar y condecorado al año siguiente por el Reino de España con la Cruz de 10 Clase al Mérito Aeronáutico con distintivo blanco, desempeñándose además como instructor de gimnasia el teniente de Gimnasia y Esgrima Moisés Bravo.



De esta forma finalizó el año 1943 en que bajo la dinámica y profesional actuación de su director, el mayor Ibarra, la Escuela comenzó a desarrollar su primer período de instrucción militar previsto, constituyendo su Plana Mayor e iniciando la instrucción aún terrestre de su primer y selecto cuadro de nueve oficiales subalternos asignados, tarea que, ante la falta de conocimientos, antecedentes y práctica, impuso a este personal la imperiosa necesidad de adquirir, bajo su inspiración, su propia experiencia.

La Escuela no contó con instructores extranjeros, tal como lo confirman sus Memorias Anuales y el mayor Ibarra, en un reportaje periodístico que se le hiciera siendo coronel (R) en 1988.

Escuela Militar de Paracaidistas

Las nuevas ideas del Gobierno Revolucionario surgido el 4 de junio de 1943, marcaron un hito histórico de singular importancia para las Fuerzas Armadas Argentinas y en particular para su Aviación Militar.



Una reestructuración del Ministerio de Guerra creó el 3 de agosto de ese año el Comando en Jefe del Ejército, en reemplazo de la anterior Inspección General y, el 11 de febrero de 1944, el Comando en Jefe de la Aeronáutica en reemplazo, a su vez, del Comando de Aviación de Ejercito.

La Aviación Militar comenzó a lograr su total independencia del Ejército, pasando a ser la tercera Fuerza Armada del país y permitiendo concretar, de esta manera, una antigua y legítima aspiración de todos los aviadores militares.

A este nuevo Comando en Jefe de la Aeronáutica se le asignó la alta dirección de los asuntos aeronáuticos de la Nación, con excepción de los concernientes a la Marina de Guerra, además del fomento intensivo de las actividades aeronáuticas, a fin de lograr en el más breve plazo su máximo desarrollo a través de los nuevos y originales principios de la integración e indivisibilidad del Poder Aéreo.



La Escuela de Tropas Aerotransportadas pasó a depender de aquel nuevo Comando en Jefe de la Aeronáutica a través de su Dirección de Institutos Aeronáuticos y se le cambió su denominación por Escuela Militar de Paracaidistas fijando su asiento en la Guarnición Aérea Córdoba, donde ya funcionaban la Escuela de Aviación Militar, la Escuela de Especialidades y la Fábrica Militar de Aviones.

Con los conocimientos adquiridos en la instrucción aérea y terrestre diaria y con los posteriores lanzamientos en paracaídas, se fue obteniendo la experiencia práctica y necesaria para cumplimentar con mayor seguridad la misión encomendada al crearse la Escuela, surgiendo sucesivas e ininterrumpidas promociones de oficiales, de suboficiales y de conscriptos aeronáuticos, como paracaidistas militares de la aeronáutica militar.

Verdadera y querida madre de aquel paracaidismo, apreciada y reconocida por su gran experiencia, conocimientos, vocación de servicio y admirada por su valentía, arrojo y responsabilidad, fue la señora Enriqueta Fruchard de Jarfelt (1888-1956). Se trató de la primera aviadora y paracaidista argentina, encargada del Taller de Paracaídas de la Escuela, compañera inseparable en todos los saltos de los paracaidistas, a quienes cariñosamente los llamaba “mis queridos y valientes gorriones”, reconocida post mortem como “Precursora de la Aeronáutica Argentina”.

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