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San Nicolás de los Arroyos
viernes, 20 mayo, 2022

Edición N° 4054

LA SAGRADA FAMILIA

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (2, 22.39-40)

*Por el obispo + Hugo Norberto Santiago.



   “Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.  Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba con Él”.
Palabra del Señor.

La vida

       La trascendencia de un nacimiento se ve en que gracias al “sí” de María, el Hijo de Dios se hizo hombre para liberarnos de la esclavitud del pecado y ser camino, verdad y vida para generaciones enteras que desde hace más de dos mil años, seguimos sus pasos con la esperanza de una vida trascendente. Por eso toda vida es proyecto de Dios. Por eso, el mensaje más fuerte y trascendente del matrimonio es la vida. Como sacerdote, imagino que es bellísimo ver el propio rostro, algo del temperamento  y del propio modo de ser reflejado en el de los hijos. A la vez, conscientes del milagro de la vida que los trasciende, pienso que un nacimiento ayuda a los padres a mirar hacia el cielo; la mano de Dios es indudable porque no todo niño que crece en el vientre materno nace; por lo tanto, no obstante la transmisión de perfiles y modos de ser, no es difícil darse cuenta que el milagro de la vida trasciende a los padres, viene de otro lado que los católicos llamamos “Dios Padre”, del cual reciben el nombre todos los que tienen el gozo de engendrar, con una “ayudita” de “Arriba”.



La educación y la formación

      Educar y formar la persona de los hijos es la otra dimensión trascendente de la familia. “Educar” viene del latín “edúcere”, que significa: “sacar fuera”, es decir que para educar debemos partir de lo que el hijo es y potenciar, promover todas las capacidades innatas que hay en su persona. En cambio “formar” indica “presentar una forma”, es decir, un ideal de persona y de sociedad, hacia el cual los padres ayudan a los hijos a avanzar.

    La ideología que lamentablemente se refleja en alguna ley actual y pretende quitar la patria potestad a los padres, es una aberración y un avasallamiento de de sus legítimos derechos. Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos debido al lazo natural que los une a ellos: los hijos provienen de la genética de sus padres, y como dijimos, tienen algo de su temperamento, han vistos sus rostros y sus gestos desde que vieron la luz de esta vida y los han asimilado. Por eso, si un Estado quitara a los padres el derecho de educar a sus hijos como mejor les parece, al menos hasta su mayoría de edad, estaríamos ante una dictadura.



     Lo que nos dijeron los maestros o los sacerdotes cuando éramos niños, lo podemos haber olvidado, pero lo que fueron y nos enseñaron nuestros padres está en nosotros, somos un poco su continuación, aunque con una personalidad propia. De allí podemos deducir que san José y la Santísima Virgen María fueron muy buenos padres de Jesús, el Hijo de Dios. Podemos imaginarnos sin temor a equivocarnos, que le enseñaron a rezar periódicamente a Dios Padre, que le transmitieron con el ejemplo, las actitudes de servicio, la pureza, la fidelidad, la solidaridad con los vecinos, le inculcaron que al prójimo se lo hace “próximo” mediante los gestos, y sobre todo, le enseñaron cómo Dios quería salvar al hombre cambiando su corazón de piedra en un corazón de carne capaz de amar. Por eso, al ver a Jesús retirarse al desierto para orar, compadecerse de la multitud huérfana y errante; curar a los enfermos e integrarlos a la vida común; multiplicar los panes para saciar el hambre de la multitud que lo había seguido con hambre de Dios, nos lleva a afirmar sin temor a equivocarnos: “todo eso, además de la inspiración divina que siempre lo acompañaba, lo aprendió de san José y de su madre, la Santísima Virgen María”.

     Si la familia se desintegra es un anuncio de desintegración social, la sociedad sin la familia pierde humanidad, por eso la Iglesia se ha preocupado siempre de capacitar a los jóvenes para vínculos estables y profundos, para elevar la mirada y afianzar la relación en valores que ayuden a madurar una relación interpersonal profunda, generosa y recíproca; porque de eso depende no sólo la felicidad de los cónyuges sino la salud psicológica y espiritual de los hijos, y por ende, la buena salud de una sociedad. Jesús, José y María, con la gracia de Dios lograron ese ideal de amor recíproco, de clima de hogar que acoge y contiene, de fidelidad estable en el que creció en sabiduría el Hijo de Dios y en el que, también hoy maduran hijos sanos, confiados, abiertos y comprometidos, interesados por un proyecto personal y social. La Sagrada Familia sigue siendo un modelo actual porque tiene sus raíces en un anhelo profundo del corazón humano, tanto de una mujer como de un varón. Buen domingo!

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