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San Nicolás de los Arroyos
miércoles, 24 abril, 2024

Edición N° 4757

Los genios… ¿nacen o se hacen?

“SABER NO SIEMPRE SIGNIFICA SABIDURÍA”

Por José Narosky
Especial para EL NORTE

hombres

Si le pusiese un título a esta nota de hoy, la denominaría “Los genios ¿nacen o se hacen?”. Cuando decimos en el caso de un científico que es un genio, imaginamos a un hombre serio con un guardapolvo blanco, que mira por un microscopio y que está por encontrar un remedio para vencer a una enfermedad.

Sin embargo, los descubrimientos científicos y creativos a menudo no son resultado de una repentina inspiración, sino de largos períodos de trabajo arduo y agotador. Esto es innegable. Pero considero que ese científico observó algo más en lo que todos vemos. Porque todos vemos lo mismo. Pero solo los espiritualmente superiores lo revelan.

Pero esos hombres especiales, no solo científicos, sino también músicos, escritores, pintores, escultores, le suman quizá miles de horas de profundización, de esfuerzos, incluso de fracasos. Alguien dijo que los hombres superiores, aquellos que atraviesan la frontera de la creatividad o del prestigio, tienen un 10% de inspiración y un 90% de transpiración. En fin, es una frase, pero no sé si no está muy cerca de la verdad.



Algunos ejemplos

Los logros del compositor Wolfgang Amadeus Mozart fueron extraordinarios. Sin embargo, lo que la gente olvida es que su desarrollo mental también fue excepcional para su época. Su tutelaje musical comenzó a los 4 años, y su padre, un diestro compositor, fue un conocido profesor de música. Había escrito uno de los primeros libros didácticos de violín.

Al igual que otros artistas de clase mundial, Mozart no nació un experto, sino que se convirtió en uno. Por supuesto que nació dotado de un gran talento, circunstancia a la que no quitó valor. Y un caso. El de la hermana mayor de Mozart, que era una talentosa pianista y recibió el mismo entrenamiento intensivo que su hermano, pero sin embargo no se desarrolló como compositora. ¿Qué es lo que la frenó? La explicación es simple, él tenía algo que decir y ella no. O para expresarlo de una manera todavía más explícita, él era un genio y ella no.

Pero es en la literatura donde se da la mayor cantidad de casos, que avalarían el hecho de que los genios nacen, circunstancia que suscribo, a medias. Claro. Blas Pascal, científico y pensador francés, nacido en el año 1600 y pico, cuando escribió un tratado de los sonidos teniendo solamente 9 años no tuvo mucho tiempo para aprender. Tampoco teniendo solo 16 años pudo tener un basamento profundo al escribir otro libro de geometría, que denominó “Tratado de los cuerpos cónicos”. Ni lo tuvo el escritor argentino Roberto J. Payró, autor de “El casamiento de laucha” cuando con solo 18 años escribió su libro “Antígona”.



Ni Rubén Darío, escritor nicaragüense, con su poema “Azul” que lo llevó a la fama a los 21 años. O el famoso Julio Verne escribiendo a los 22 años una obra de teatro. O el francés Alejandro Dumas (hijo), que a los 24 años escribió el libro “La dama de la camelias” en la que se basó Giuseppe Verdi para su hermosa opera “La Traviata”. Y hubo otras personas menos precoces, pero igualmente geniales como Leonardo Da Vinci o Einstein Darwing o Marie Curie.

De ninguna manera negaría el talento congénito de todos los mencionados y de centenares de otros hombres superiores. Pero solo quise referirme hoy a la necesidad de sumarle al talento congénito horas y años de tarea.

Decía el famoso violinista lituano Jascha Heifetz, el mejor de su tiempo, que si dejaba de practicar en su violín por un mes, tocaba casi como un principiante. Quizá su modestia minimizó su talento, pero esas palabras reflejan muy claramente la importancia de la conjunción talento-trabajo.



Los casos que mencioné de Pascal, Roberto Payró o Alejandro Dumas (hijo) son las excepciones, que las hay. Pero para otros que nacieron con ese don, aunque no se les manifestó tan temprano pero que llegaron también a la cumbre, solo les bastó desear la riqueza espiritual para obtenerla.

Y cierro con este aforismo: «Cada puerta que abrimos nos abre otras puertas».

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