Cacerolas, economía y Gran Hermano


Mientras la peste pandémica avanza en los cinco continentes, en la Argentina hace ruido (a teflón y acero inoxidable) el reclamo contra el costo de la política. A los funcionarios no se les exige soluciones a los problemas sino que ganen menos o trabajen gratis, lo cual reduce el concepto de acción política a una cuestión economicista. Mientras tanto, la crisis económica local y global amenaza al mundo del trabajo. Crecen la pobreza y la indigencia. Y surge un nuevo enemigo interno: el que viajó al exterior antes que se desatara la pandemia y pudo regresar.


Guillermo Insúa
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La Patria cacerolera desempolvó –esta semana- ollas y sartenes para hacer oír el reclamo de ajuste en el gasto de la política. Sin eufemismos, la militancia del cucharón exige que se reduzcan salarios y dietas de funcionarios de los Poderes Ejecutivo y Legislativo. Los más radicales piden que trabajen gratis. A Ministros de la Corte, jueces y fiscales no se le exige tamaño gesto a pesar de que sus altos salarios se financian de la misma caja.
En principio, el reclamo tiene racionalidad en virtud de que desde la política se le exige esfuerzo a todos los sectores de la población. Aunque, ingenuidad al margen, está claro que la reducción de salarios y dietas de los funcionarios no representará solución alguna para los gravísimos problemas económicos que afronta el país. Será, si sucede, apenas un gesto de moralidad en tiempos de crisis económica y sanitaria. Como los empresarios, los funcionarios que mucho dinero ganan también deben aceptar ganar un poco menos en momentos críticos.
Ahora bien, la primera exigencia a un funcionario debiera ser que resuelva problemas. Que tome decisiones en favor del bien común y que las instrumente eficazmente en tiempo y forma.
La política no es cara si consigue mejorar la vida de las personas. Un funcionario de la política no es costoso si tiene éxito en lograr que un virus no se propague de tal manera que se lleve miles de vida consigo. No es caro si consigue que el sistema de salud público pueda garantizar prevención y atención en tiempos de catástrofe pandémica. Y tampoco es caro si se ocupa de que los sectores socioeconómicos más vulnerables tengan una soga a la cual aferrarse cuando el país y el mundo caen en la más oscura de las incertidumbres. Nadie puede asegurar hoy cuándo y cómo va a terminar esto.

El barato sale caro
El político caro es el que le prestó 18.000 millones de pesos a Vicentín, sabiendo que se trataba de un crédito incobrable. Caro es el que aumentó la luz y el gas más del 1000%, el que endeudó al país por 50.000 millones con el FMI y otro tanto con privados. Caros son los que prometieron soluciones y sólo agravaron los problemas. También son caros los que hoy despotrican de la política y la semana pasada reclamaban más Estado.
Albert Einstein decía que existen sólo dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana (“y de lo primero no estoy tan seguro”, dijo). Podría agregarse una tercera: la volatilidad de solidaridad política y de la opinión pública en Argentina.
Lo que debe entender la gente, cacerolera o no, es que lo peor todavía está por venir. No debe asumir que esta será la normalidad y que entonces tiene vía libre para atacar al Poder político con la superficialidad acostumbrada.
La pandemia dejará decenas de miles muertos y la economía global arrasada. No es una predicción sino, más bien, un dato de estricta actualidad. Las economías se cierran al mismo tiempo que las fronteras. El precio de los comodities se desmorona. La demanda externa se contrae y la interna se ajusta todavía más.
Esta semana se conoció que la pobreza en San Nicolás alcanza al 39,6 por ciento de la población. También esta semana las grandes empresas empezaron a presionar para bajar salarios mientras las pymes advierten que no pueden pagar sueldos. Y se advirtió que el sistema de salud público necesitará la ayuda del privado para evitar cualquier posible colapso. No hay que ser un calificado historiador para saber que a las grandes crisis económicas le siguieron grandes estallidos sociales. La política no es el problema. El problema es que hay gente que no entiende la realidad.

Los nominados son…
“El municipio tiene individualizado al 100% de los nicoleños que vinieron del exterior”, informaron esta semana desde la Municipalidad de San Nicolás en un comunicado emitido a los medios de prensa. «El sistema de Monitoreo de Nicoleños en Cuarentena permite identificar en un mapeo de la ciudad a cada una de las personas que regresaron del exterior, tener cada caso individualizado y poder realizar un seguimiento pormenorizado de la situación», expresa el parte de prensa oficial.
Esto viene a llevar tranquilidad al resto de la población que se siente amenazada por la presencia de esos asesinos de vecinos que regresaron de otros países. En rigor, todas las personas que -desde el 20 de marzo- ingresan al país deben completar una declaración jurada en la que se registra el domicilio donde se va a realizar la cuarentena, con lo cual no resulta muy complicado identificar al cien por cien de los vecinos de San Nicolás que volvieron del exterior a partir de esa fecha. Un llamadito a Migraciones alcanza.
Allí también figuran los datos personales (edad, ocupación, teléfono, etc) y la descripción de la ruta y países visitados antes de regresar a la Argentina. Esa declaración jurada es obligatoria y se debe entregar previo a los controles sanitarios que se realizan en aeropuertos y puestos de frontera.
Si la Policía y el municipio pusieran el mismo empeño en identificar y vigilar a delincuentes, seguramente esta ciudad no encabezaría el ranking de cantidad de delitos por habitante en el Departamento Judicial.
Tener identificados para poder hacer un seguimiento pormenorizado de las personas que roban, cometen abusos u homicidios es lo que permitirá que la comunidad se sienta más segura.