Los nuevos chicos de la guerra.


En 1982 los chicos fueron a morir por la utopía de una Patria que los envió al infierno para perpetuarse en el poder. Hoy los chicos mueren también con armas en sus manos, pero esta vez en pobres batallas territoriales por venta de droga, por la violencia de la calle y el abandono de todos. Hoy muchos pibes, esos que no miramos hasta que ya es tarde, matan y mueren en la tierra sin futuro.


Germán Rodríguez
diarieolnorte@diarieolnorte.com.ar

El pasado 2 de abril en todo el país recordamos a los héroes de la gesta de Malvinas, esa guerra iniciada por generales ebrios de poder y locura que arrastraron a una joven generación a sangrientas batallas en el frio del atlántico con el sueño de perpetuarse en el mando. Una desquiciada enfermedad de asesinos y cobardes que mandaron a los chicos a pelear sus guerras, de viejos sádicos que juegan a las cartas con la vida de los niños.
Como este país no tiene memoria los pibes de la guerra quedaron durante mucho tiempo en el olvido, cargando con nuestra vergüenza, muriendo mil veces el recuerdo de balas y desprecio. En los ochenta los pibes se armaban para pelear guerras en nombre de una utopía llamada Patria, convencidos que dar la vida por el país es la muerte más soñada.
Ayer a los chicos los armaban los generales, hoy los armamos todos. Una nueva generación, una generación perdida, una generación desgarrada de miseria, drogas, desempleo, maltrato y alcohol se hace fuerte en los barrios, va carcomiendo la cultura de los centenials, nacidos de la tecnología pero sin acceso a la misma. Son dueños de la violencia y la muerte. Son amos del miedo sin entender sus conceptos, porque no saben de otra cosa que la escuela de abandono en la que los arrojamos como sociedad. Miramos de costado, siempre esquivamos las obviedades porque es más fácil y pedimos pena de muerte cuando no lo podemos controlar. Somos los nuevos generales sádicos.

La nueva ley
El pibito camina entre las sombras como si fuera una más, cada tanto se palpa el costado y sus dedos perciben el metal acariciándolo. Un revólver calibre 32, un caño en buen estado que le dieron para que se haga valer, para convertirse en hombre. Sus referentes ya están presos, como el Chucky que hizo lo que quiso antes que lo condenaran. “Sos pendejo, no te pueden meter preso” es lo que le dijo su hermano cuando le dio el fierro y le ordenó que se encargue de los pibitos atrevidos que están vendiendo fasos en la plaza del barrio. Una plaza en la que ya nadie juega en Las Mellizas. Los atrevidos son de San Jorge y se creen que la tienen más larga. Cuando él pasó hacia un rato frente a ellos lo habían puteado y corrido. “Tocá de acá putito” le habían dicho y él se escapó con su bicicleta a contarle al hermano. ¿Ahora qué le iban a decir? Ahí estaban los dos giles regalados donde no tienen que estar. El pibito, flaquito, de piel enferma y ojos grandes sacó el arma y los apuntó. En su interior algo le decía que estaba mal lo que hacía, pero años de otra escuela pesaban más que el sentido común. El pendejo sin dudar les disparó. Quince años el pibito, debería estar buscando una novia, estudiando o jugando con sus amigos.

Sin futuro
La violencia se come a los pibes, la falta de trabajo de los padres, las peleas familiares, la falta de políticas educativas, la ausencia del Estado, el abandono contínuo solo crea monstruos que no encajan en la sociedad y la detestan por excluirlos. Desde la cuna esos chicos abandonados salen a pedir, a robar, a mirar un mundo que los desprecia. Su vida no vale nada, así lo sienten y así se lo hacemos sentir. Ese rechazo inevitable que les prodigamos les revienta cada día más el corazón y se refugian en la droga, se ahogan en bolsitas de pegamento, aprenden a armar un porro antes que a leer. Estudian en la calle que la plata está en la venta de merca. Que la joda les gusta a todos, a ricos y a pobres, que para crecer en la vida hay que ser soldadito y después pija. Para subir hay que matar, hay que ser pillo, hay que transar, hay que comerse la calle y sacarle la guita a esos chetitos que la tienen toda, pero son unos insatisfechos que quieren más. El mundo es un conjunto de seres abandonados, arrojados a una existencia que no entienden ni pueden llegar a comprender. Cada uno arma su propia historia, algunos buscan las respuestas en el cielo, otros en el dinero y la gran mayoría solo sobreviven a la angustia intoxicándose. Así son los chicos de la guerra hoy.


FOTO: El niño que baila le va a robar.