Días de furia


Es ese no llegar a fin de mes, el mirar las deudas con la frustración de quien se siente fracasar en lo básico de la vida que es dar sustento y vivienda a la familia. Es la bronca del humillado, del despojado, del ofendido, de aquel que se sabe marioneta de un circo de grandes comensales que ya ni los restos gustan tirar. Es la ira contenida que al mínimo roce estalla. Es la San Nicolás que chocamos día tras día y que nos explota en la cara.


Germán Rodríguez
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Al tipo casi se le para el corazón, se agarró el pecho frunciendo el seño y casi estrujando entre sus manos la boleta de luz que le sumaba un problema más a su vida tambaleante de deudas. A su lado su mujer, abnegada y sufrida que la peleaba limpiando casas cuando la llamaban, que era cada vez menos, lo miraba con los ojos llorosos: “Ramón, no la vamos a poder pagar”. El hombre recuperó la compostura y con una sonrisa le dijo: “Olvidate, negra, sí llegamos; lo que sí, vamos a tener que estar más atentos a lo que gastamos”, dijo sabiendo que ya ajustarse más casi no se puede. Queriendo no pensar, abstrayéndose en la seguridad del olvido, se subió al 18 y prendió Radio U escuchando un tema de los Rolling de los ochenta, la década inmortal en la música. No quería pensar en nada, que el olvido se apodere de esos minutos hasta el trabajo, donde todo está que explota. Había que cruzar el centro y optó esquivar la salida de las escuelas de Guardias Nacionales y encarar por Italia para zona norte. Craso error impensado. Duro corazón Carlos, de prominente calva y abundante barba, le pega con bronca a la bocina de su Fiat Spazio y putea al ritmo de la sirena.
Adelante, una pareja de viejitos a bordo de una furgoneta demoran el tráfico por la izquierda... “¡Pero la puta madre, nadie entiende que por ahí es el carril rápido!”, grita furioso en una descarga de ese amor que se le fue porque ya no daba más y no veía que con él fuera a algún lado. El tipo, caliente, dobló por Mitre y distraído se clavó en la cola que muere llegando a Francia. Afuera El celular le suena a Ramón que, podrido en el embotellamiento, lo atiende apurado. Es José, su compañero de laburo: “Ramón, venite ya, me parece que nos echan a la mierda”. Al tipo se le escapa el teléfono de las manos y alcanza a manotearlo en el aire, mientras grita: “¿Cómo? ¡Qué hijos de puta, nos deben un montón de meses y ahora nos rajan!”. Del otro lado, la voz desesperada: “Sí, boludo, me parece que presentan quiebra y nos la ponen doblada, no nos van a pagar una mierda”. Clavame el visto Carlos, ya sordo de bocinazos, en la cola que no da para más por Mitre, se pone a escuchar por vez mil el audio de WhatSapp que le mandó Carmen antes de irse: “No aguanto más, Charly. Vivís enojado, no vamos a ningún lado, no me banco una pelea más. Vos que te quejas de todo y la plata no alcanza. Me parece que es lo mejor”.
Cada palabra es una patada al hígado. Él le contestó en quichicientos mensajes y audios, pero ella le clavó el visto y lo bloqueó. Así, en un mensaje lo echó a la mierda y le rompió el corazón. Y la puta cola que no avanza. Colorado de todo Ramón esta colorado de la bronca y los nervios. Debe tres meses de la escuela de los chicos y ya le mandaron varias notas de la Dirección con el pibe, que le dice que está pasando una vergüenza bárbara porque la celadora le dijo delante de todos que deben plata. “Pedazo de boluda, ¿qué lo tiene que meter al pibe?”, se dice mientras piensa qué carajo va a hacer sin laburo, sin guita y con mil cuentas. “Voy a vender esta mierda primero”, mientras se hace un huequito para avanzar y encara con velocidad hacia la esquina de Mitre y trata de ganarle al que quiere doblar por esa arteria, ya que justo la esquina está cortada para el lado de Sarmiento porque está en obra.

Crash
Carlos ve que los autos avanzan y acelera antes que le ganen la esquina. El uno y uno en esta ciudad no funciona. Por eso chocaron, y como chocaron, los dos acelerando, queriendo disputar el cruce como si fuera una pelota dividida en el barro del potrero, Ramón le dio con la frente al parabrisas y Carlos le pegó un cabezazo a la ventanilla. Ramón se tocó la frente ensangrentada, tardó unos segundos en despejarse de esa hipnosis de los accidentes y se bajó del auto recontracaliente. Carlos ya estaba allí, como un resorte saltó del Fiat para ver el destrozo de la trompa y cerró sus puños rojos de ira. Ramón lo miró como quien mira al diablo, con una mezcla de bronca y muerte. No se dijeron nada. Ramón le tiró una trompada en la que iban los impuestos, la inflación y el desempleo. Carlos pegó con la desilusión, la frustración, el fracaso y el dolor del abandono. Se pegaron ensañadamente, casi sin gritarse, sin decirse nada, pero luchando en silencios de millones de voces. Había locura y bronca. Uno era la representación de todas las frustraciones; el otro, el enemigo. Y se mataron a piñas en un simple roce de autos.