El amor en tiempos de Macri


La emergencia alimentaria es un pedido que se vuelve clamor y rebota en los oídos sordos de los que, con el grito de fracasados, no aceptan aún que ya perdieron, pero lo saben y arrastran todo en su caída. Cuidado, intendente, que no lo arrastre con ellos también. Lo que quedan son ruinas, miseria, hambre, desesperación, desesperanza y un default que se antoja inevitable. Si no hay amor, que no haya nada entonces.


Germán Rodríguez
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¿Qué es el amor? La pregunta más vieja de la historia de la poesía se me reveló hace un par de días y no resiste objeción. Esto lo vi y lo viví en primera persona, nadie me lo contó ni yo me atreví a contarlo hasta ahora. Fue caminado por calle Nación, a la altura de 25 de Mayo, donde se encuentra un capacho de residuos que los vi. El tipo, de unos cincuenta años, vestido con lo que encontró, emponchado por el lógico frío de invierno revolvía en el contenedor buscando algo que le salve el día, que se pueda sumar a su vestimenta, que se pueda vender, o como primera necesidad, comer. En un momento le vi la cara como si se hubiera sacado la lotería. De un papel de aluminio extrajo un alfajor triple, medio húmedo, que apenas tenía una mordida y que alguno que estaría lleno tiró. El tipo lo olió, imagino que por reflejo, le limpió el borde masticado y llamó a la mujer. No le dio ni un bocado. La señora, a la cual no había visto porque estaba arrodillada acomodando un carro lleno de cartones y trapos que arrastraban a mano, se levantó y tomó el alfajor. Ella, grande también, se rió con el hombre y tomó la comida, pero en vez de darle un ansiado bocado, lo cortó por la mitad y lo compartieron. Era como una cena romántica, juntos comieron lo que encontraron en la basura, juntos lo compartieron, juntos mueren en la extrema pobreza.
Si eso no es amor... ¿qué es? Ni Shakespeare con el boludo de Romeo gritándole en el balcón a Julieta lograron reflejarlo de mejor manera.

Frío
Frío terrible, criminal, con viento helado que congela dedos y orejas. La convocatoria era nacional y las agrupaciones sociales de San Nicolás querían acompañar el pedido de que se decrete la emergencia alimentaria, por la simple y mera razón de que también se están cagando de hambre. Por ahí los mayores se la pueden aguantar, se la rebuscan, siempre se puede zafar; pero los chicos, las criaturas, no. Aparte del presidente, como bien dijo la Legrand, no hay peor fracaso en la vida que ver a los hijos llorar de hambre y no poder hacer nada al respecto. No hay mayor bronca, odio al sistema, a la vida, al destino, no hay nada que dinamite más los corazones. Entonces había que bancar, plantar la carpa esa noche en la municipalidad, sin molestar a la gente, aguantándose la vergüenza si se quiere, pero firmes ante lo que se considera justo, sin pensar en intereses políticos ni oportunismos eleccionarios, era estar allí, con la familia, peleando por lo que se considera justo.
Pero el frío es terrible, despiadado, no sabe de planes sociales, ni de elecciones, ni quién es el Intendente, ni qué es lo que se pide. El frío les pega a todos por igual. La mujer, temblando, acurrucándose, abrazó fuerte a su hija y no dejó que el frío la lastime. La menor pensaría que era un juego de una vida que promete una corta infancia y un largo padecer, y se dejaba acurrucar por el amor de madre, que desesperada, hacía lo que podía. El amor todo lo puede, dicen los refranes. En realidad no puede casi nada, pero da una cuota de esperanza que en estos tiempos es más que necesaria.

En la calle
Esta otra historia de amor la vi hace un tiempo en un restaurante. El pibito se acercó muy educadamente, estábamos comiendo con unos amigos, y nos pidió si le podíamos dar las sobras de la comida. Fue una patada en la entrepierna. Nos pidió las sobras. No es que nos dejó una estampita para que le demos plata, lo que es muy loable también, sino que quería comer. Rápidos, porque por suerte me rodeo de buena gente, le dijimos al mozo que le prepare un sándwich de milanesa. El pibito nos agradeció, lo que me da más vergüenza aún, porque la verdad es que nosotros tenemos que pedirle disculpas a ese chico por no haber hecho nada para que él tenga una vida más digna y no tenga que andar pidiendo sobras por ahí, en la calle, a cualquier hora. Cuando le llegó la comida en un paquete, el pibito se la llevó corriendo, se fue hasta la glorieta de la plaza y sentado en el tapial estaba otro nene más chico, calculo que el hermanito. El guacho (huérfano de la vida, sin dudas) abrió el paquete y compartió la comida. Me dieron ganas de llorar y aun ahora me siento así recordándolo. Me sentí una mierda por no hacer nada más y peor aún, por no saber qué hacer. Amor, puro amor, que cuesta entender.