El pibito de los ojos grandes


El desastre fue peor de lo que se esperaba, la desocupación aumentó de nuevo, los gremios se matan a tiros por puestos de trabajo y finalmente se declaró la emergencia alimentaria. En nuestra ciudad se repartieron más de 3500 kilos de alimentos entre los comedores y merenderos. Con cada crisis nace una nueva generación de pibitos de la calle, herederos de nuestros errores, que como siempre serán olvidados.


Germán Rodríguez
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¿Dónde terminan los juegos y comienza la vida? ¿Cuál es la glándula que segrega los sueños y cómo es que mueren tan pronto? El pibito de los ojos grandes miraba el mundo desde la bolsita que fue cuna y cama. Camina entre las mesas, a veces corriendo como si estuviera en un laberinto de sillas y piernas, de personas como gigantes que apenas lo perciben. Primero, con timidez, había aprendido a dejar la estampita en la mesa y salir corriendo. No siempre se acordaba de buscarla, pero si lo aprendió a fuerza de golpes que le propinaban los otros chicos cuando no lo hacía.
El pibito tuvo la educación de la violencia, desde sus primeros atisbos de humanidad entendió que si llora lo castigan, que si se queja lo flagelan, que si se equivoca lo paga caro, información que su cabecita asimiló y que se replicó en todos los aspectos de su vida. El pibito fue aprendiendo a pasos agigantados, con sus escasos años en el mundo, que crecer es sufrir. Supo que si tenía hambre no vendría nadie a calmársela, que solito tenía que rebuscárselas como todos para sobrevivir. Como esos perros que revuelven las bolsas de basura se ha visto a si mismo pateando a uno para pelearle por medio sándwich de milanesa que alguno satisfecho había tirado. En cierta ocasión le rajó un cascotazo a un cusco que le buscaba pelea, pero se contuvo de volver a hacerlo porque una señora, no solo le gritó por pegarle al perro, sino que le avisó a la policía y se ligó un par de coscorrones. El pibito tenía hambre y bronca pero bueno, como ya dijimos, eran los chirlos los que lo educaban en la vida.

Ilusiones
¿Qué sueñan los soñadores en sus sueños de río y firmamento? El pibito, el guacho porque apenas supo quién era su madre y casi no entendía el concepto de padre, gustaba de colgarse en la barranca y quedarse mirando los barcos cruzar el Paraná. Subirse a uno de esos y viajar era tan probable como tomarse un cohete y llegar a la luna, una utopía de mentiras y falsas promesas. De a ratos el pibito de los ojos grandes recorría la plaza y se acercaba a la gente pidiéndoles algo, lo que sea, lo que le diera existencia. Generalmente lo echaban sin mirarlo, alguno le daba masitas y por ahí le tiraban un billete para que no molestara. Sobre la plata el pibito aprendió que era un problema, porque hay ojos por todos lados y si liga guita un grandote viene y se la quita. El chico sabe que los mayores son abusivos y los esquiva. A veces, aprovechando de que es chiquito y da lástima algún tipo pasado de fasos lo agarraba de la mano y lo arrastraba entre las mesas pidiendo una ayuda para el que ahora era su hijo. De lo que le daban no veía nada y se quedaba masticando bronca en la escalera del anfiteatro. A lo lejos un barco hace sonar la bocina y el pibito salta y saluda imaginando que era para él.

Mentiras
La calle es fría o es caliente, no tiene términos medios, el entorno es brusco, el amor es un plato de comida y el cariño es el perrito que le lame la cara cuando la sangre le surca el rostro por querer más de lo que el destino le dijo que le corresponde. El pibito no entiende, no logra comprender el afecto real o lo que eso significa, si es que tiene alguna explicación. Deambulando en el cemento y el pasto alguna vez se le acercó algún tipo sudoroso que lo invitó a comer algo, mientras le acariciaba las piernas y el cuello. El tipo era bueno con él, pero el pibe de ojos grandes, educado en golpes no confiaba, algo le decía que no lo haga, pero él es chiquito, el hombre es grande y la razón nunca estuvo de su lado. El pibito con caricias y comida se estaba por subir al auto donde le prometían una gaseosa y juguetes. Pero la calle está llena de ojos y un tipo llegó corriendo, le gritó violín al nuevo amigo y éste sin decir nada se subió al auto y se fue a toda velocidad.
El que sería su salvador le pegó una cachetada le dijo que no sea boludo, que no se suba a cualquier lado, que le iban a romper algo y lo dejó llorando de no entender nada. Así el pibito de ojos grandes creció pidiendo, sufriendo y ansiando caridad. A veces se cuelga de la baranda y saluda a los barcos que se le antojan ángeles. De a ratos a su lado se sienta otro pibito de mirada muerta como la de él y lo invita a oler de la bolsita el dulzón sabor que de ella emana. Entonces vuela, se ahoga, se ríe y sueña o cree soñar.


FOTO: Somos juzgados por los ojos de los niños.