Los hombres que mataban mujeres


Un objeto, una posesión, un florero, una pertenencia, una carga, crisis de autoestima, dolor, abandono, soledad, ira, intolerancia, incompatibilidad, mía solo mía. Uno la veía como un pedazo de carne, como algo que estaba ahí para ser tomado, abusado y descartado. El otro se sentía su amo y señor, nadie podía tocarla, ni mirarla porque era su propiedad. Una cosa que, de no estar más, se debía quemar.


Germán Rodríguez
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¿Se volvió San Nicolás una ciudad peligrosa para las mujeres o siempre lo fuimos, y sucede que como grandes sostenedores de la tradición y baluartes de que todo siga como está, tuvimos a las damas sometidas y calladas aguantando todos los abusos? ¿O acaso somos el reflejo de un país que se creyó la del macho argentino, la de un sopapo para calmar a la hembra, lo de “mía o de nadie” o la de “si te veo con otro te mato”?
El monstruo Sucio y roto, con secuelas de una cárcel de la que no debería haber salido, porque solo ahí sabe alimentarse de oscuridad y miedo, la bestia deambula libre buscando victimas para saciar su gula de sexo asqueroso y sangre. La vio salir de su trabajo y la siguió como el perverso paria de una sociedad desgastada. Con miedo y promesas de muerte la paralizó y arrastró a lo lejos, a la soledad y lo oscuro, a su reino donde con terror y violencia podía saciar sus instintos. El monstruo no sabe de buenos modos, ni de cómo supuestamente debe hablarle a las mujeres, ni nada de eso que considera una mariconada, es una espiral de golpes y maltratos que lo regodean. Quiere robarle lo que tenga, pero también quiere todo de ella, quiere su sexo, se excita al verla gritar y patalear, no soporta que se le resista puesto que en esos momentos es un amo demandante. Entonces con la enorme cuchilla con la que la llevó hasta allá amenazada, le dibujó una franja en el cuello por donde se le fue la vida.
Enorme, monstruoso y sucio observó su obra y se fue extasiado de sus infiernos a esconderse en la isla. Daiana moría solitaria en un campo alumbrado por infinitas estrellas.

Esquizofrénico
Su cabeza era un hervidero, un atolladero de fiebre y sinrazón, los demonios de los celos le gritaban, le decían fracasado, poco hombre basura, como la dejaste ir, como permitiste que se fuera, inmunda rata, pequeño ser, poco hombre, tan poco hombre y despertaba temblando, afiebrado y la llamaba, le decía que vuelva, que no le iba a pegar más, que él no era así, pero ella lo ponía nervioso y a veces estaba cansado y no se media, pero la amaba y sin ella era nada y no soportaría verla con otro y que si eso pasaba no lo aguantaría, que si no volvía con él la mataba y se mataba. Le gritaba puta, atorranta, yegua y después en un giro esquizofrénico y con palabras que él sabía apuntalar, en las que ya era su juguete, apelando a la compasión, le pidió verla por última vez. Usó todos los trucos psicológicos con los que la enredó durante tantos años, en su paranoia, en su perversidad, en su pobre círculo de violencia y abusos. Pero esta vez ella estaba decidida. Inocente e inconsciente entró en el auto a charlar, sin saber que el hombrecito tenía todo listo, un bidón de gasolina y un encendedor. Ella se atrevió a rechazarlo, él le dijo que nadie lo dejaba, que ninguna mujer le diría que no, mía o de nadie puta y con una daga le trazó miles de dibujos en el cuerpo, escribiendo de rojo la carne de Patricia y encendió la llama para fundirse con ella en el fuego y morir juntos en su psicosis. Ella pidió ayuda, salió del auto, él se acobardó con el dolor y huyó. La muerte los unió en el hospital. Finalmente fue de él o de nadie.

Gritos
Les pegan, las matan, las abusan, las abuchean cuando marchan, las tratan de feminazis porque con fuerza quieren que no las maten. Algunos se horrorizan si se atreven a pelar una teta, los mismos que se masturban y reenvían obsesivos pornografía en las redes sociales. Hipócritas de guante blanco que se indignan ante las pibitas que con un altoparlante cantan consignas contra los golpeadores, que demandan una casa de abrigo para esas mujeres que son víctimas de la violencia pero que no se pueden ir porque no tienen donde caerse muertas ya que están apresadas en la redes de tipos posesivos que las tienen desde lo físico hasta lo económico. Mujeres que gritan auxilio y algunos hombres que miran para un costado fastidiados, mientras otros se divierten matándolas.