La ciudad de las máscaras blancas


La ciudad está poblada de máscaras impacientes, estresadas, afligidas, que saben que hay menos plata en la calle, que el mundo se desmorona y que la seguridad es una utopía que nos inventamos para poder dormir tranquilos. Somos máscaras que saben que estamos de nuevo colgando de un árbol para que el tigre no nos coma.



Germán Rodríguez
diarioelnorte@diarioelnorte.com.ar

La mujer de máscara blanca caminaba apurada y triste por la vereda ancha de Mitre buscando un cajero medianamente desocupado, con más máscaras blancas en hilera, de seres anónimos, distanciados, solitarios, silenciosos y apesadumbrados de una plaga invisible, pero destructiva. Su máscara veía a los ojos de otras máscaras buscando reconocer o reconocerse y entendió que era parte de una masa de gente sin rostro y miradas apagadas, que formaba parte de un todo que se sabía presto a la destrucción. Sola, tan sola como siempre, como nunca, se puso en la cola, que la tendría horas al pedo, que llegaba hasta una tienda cerrada de hacía rato en la que unos maniquíes de caras muertas, como las que se veían deambular como fantasmas por la arteria, exhibían ropas de verano que ya nadie compraría y que tampoco servían ante el frío que llegaba y prometía mas pestes.

Control
Multiplicados al infinito los policías de rostros blancos recorren y miran con ojos inquisidores a otras máscaras pálidas, lo que hace que cada uno esté atento al probable interrogatorio y que hagan repensar si está bien estar ahí en la calle. Una camioneta pasa lentamente y una voz firme ya amenazante recuerda que salir del hogar es una grave falta que será duramente penada y que no estar en cuarentena puede desparramar muerte. Pero no comer también es morir y hace falta ir al cajero, por más que te digan asesino, porque hay que sacar algo de dinero, transferir pagos, continuar la cadena alimenticia, pero cada vez con menos recursos.Rostros de máscaras que van y vienen, que no se hablan, que miran desconfiados, que se esconden de andar de más. Máscaras que se forman a la salida de un almacén, máscaras que no les alcanza para pagar la mercadería que misteriosamente sigue aumentando a pesar de que se habían estipulado ciertos precios máximos, y que deben devolver productos con vergüenza de otras máscaras que en estos tiempos del sálvese quién pueda se fastidian por la demora.
Mascaras impacientes, estresadas, afligidas, que saben que hay menos plata en la calle, que el mundo se desmorona y que la seguridad es una utopía que nos inventamos para poder dormir tranquilos. Somos máscaras que saben que estamos de nuevo colgando de un árbol para que el tigre no nos coma.

Fantasmas
Hay algo siniestro y que no podemos ver que nos hunde, que se tragó nuestro sistema, que se cagó en el capitalismo, que muestra las peores miserias del hombre, pero que también realza las virtudes. Las máscaras aplauden desde los balcones a los que siguen batallando contra ese ente que pareciera abstracto, pero está ahí buscando victimas para expandirse. Las máscaras en el peor de los panoramas aun mantienen esperanza, aun aman y creen; debajo de las máscaras se encuentra el verdadero yo. Hoy las máscaras son barbijos de colores que evitan propagar el virus, pero ya antes usábamos máscaras con nombre, apellido, profesiones y objetos que hablaban por nosotros. Antes las máscaras eran una marca de auto o de ropa, hoy la pandemia nos dio a todos el mismo disfraz.