Cuando la cuarentena y el amor no van de la mano


¿Qué es el amor? Debaten lo filósofos contra los científicos y la metafísica pelea contra la razón en un duelo tan viejo como la humanidad. Sea una sensación o una realidad, sea un alma debilitándose por otro o una conjugación celular actuando ante impulsos del cerebro, cuando te pega, te pega, y la lógica se cae de culo ante las pavadas mas fantásticas que se hacen en su nombre. Si París inició la guerra de Troya por ese sentimiento, ¿cómo una cuarentena lo puede detener?


Germán Rodríguez
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Él no sabe eso de si el amor es real, si es solo una sensación, una mentira que nos contamos para darle algún sentido a la existencia o una cuestión biológica; lo que sí sabe es que desde el primer momento que la vio quedó profundamente enamorado, que de alguna forma extraña, mágica, cósmica, su presencia le pateó el tablero. Fue de esas cosas inexplicables, como que le pegaran una patada en el pecho, esa primera vez que entró a la tienda de ropa donde trabaja y lo saludó con una sonrisa que se antojó lo más lindo que había visto en su vida desde el tercer gol del Pity Martínez en Madrid.
Primero, y como era de esperar, balbuceó como un boludo, no se le caía una frase y siendo que iba comprar solo un par de medias, se gastó como cinco lucas en un jean y una camisa que ella le había dicho que le quedaba bien. Después vino con un juego estratégico de ver qué amigo de él tenía alguien que la conozca, y como quien no quiere la cosa se enteró del nombre y le mandó una solicitud para seguirla en Instagram. A los días, cuando recibió la notificación de que lo aceptaban, pegó un grito de Eureka y anduvo con cara de paspado contándole a todo el mundo. “Está enamorado”, decía la tía que se le cagaba de risa, pero no le importaba porque era cierto.

Gol
El tiempo pasó, le puso “Me gusta” a todas sus fotos y sin querer, la cruzó en Bowie y entraron a charlar. Estaba tan feliz, tan sumergido en ese mundo que le patinaba bastante lo que pasaba afuera. De rebote había escuchado algo de un virus en China y que habían hecho un hospital en tres días o algo así. Sea como sea la invitó a salir y ella después de un par de vueltas le dijo que sí. No podía creerlo. El mundo pasaba a ser de colores. Las cosas tenían sentido. Ya pensaba un futuro rosa y hasta por ahí se vio llevando a los chicos a la escuela y todas esas menudencias que te fríe la cabeza el amor. La cita era ir a tomar algo el viernes en una cervecería y después ir a Blues a bailar. El mejor programa de la noche nicoleña, no podía fallar.

Calamidad
Pero vieron cómo son estas cosas. Él no daba mucha bola. Escuchaba de rebote y de pun y raje se encontró con que el viernes se había declarado una cuarentena de la puta madre y que si salías a la calle, te metían un balazo o algo así. Encerrados, quedate en casa, man. No lo podía creer. Literalmente el universo había conspirado para que no la vea. Obvio que se escribieron. Ella, que era medio peroncha, aprobó la medida de Alberto para evitar la pandemia y que nos cuidemos todos, pero también dejó entrever que era una lástima que se hubiera frustrado la cita, aunque él no dio pelota cuando le explicaban lo que estaba pasando. A la segunda semana los mensajes ya no eran tan recurrentes. ¿Qué le iba a preguntar?, ¿cómo estaba?, si lo único que hacían era rascarse el higo a tres manos y aburrirse como ostras. Boliches no va a haber hasta andá a saber cuándo, y un bar o restaurante de ahí a que abran, el fuego de esa incipiente y nunca concretada relación se iba a congelar. Pero él, un escéptico por naturaleza, no iba a permitir que el destino tome sus decisiones, así que empilchado como un duque decidió cruzar la ciudad para ir a buscarla. En realidad hacía rato que le decía que la quería ver igual, pero todo el tiempo recibió el rechazo de semejante propuesta, que además de ser absolutamente irresponsable para la salud pública, le iba a terminar costando una causa judicial y una multa que no pagaría nunca. Pero en un tiro, sin querer, ella le puso que le gustaría verlo o que le habría gustado verlo, no quedó claro. Él aprovechó esa poca especificación en el texto para emprender el viaje.

Héroe
Era cerca de la medianoche, y le escribió que le daría una sorpresa. Ella le preguntó como mil veces qué era y que no, que no, que no, que esperá, fue que se escapó de la casa mientras su madre pensaba que estaba encerrado en la pieza viendo la tele. Salame, enamorado, casi llegando al destino, quiso el destino que pase un patrullero. Asustado entró a correr, intentó subir a un techo, pero los policías, más preparados para la ocasión lo manotearon en el aire, lo redujeron, le clavaron un par de esposas y se lo llevaron. Todo el barrio se asomó a ver qué pasaba y la mirada de él, dolorido y frustrado, se cruzó con la de ella que no salía del asombro. “¡Qué pasó?”, gritó uno. “Se quiso meter a robar en una casa”, contestó el otro, y el pibe no sabía cómo decir que así no fue. Ella, feliz de no haberse relacionado con un delincuente, siguió tranquila con la cuarentena.


FOTO: Ningún corazón resiste una pandemia a distancia.