El pibito que jugaba entre las balas 


Con vista a un zanjón de agua podrida, Villa Piolín simboliza la pobreza en toda su dimensión. Un mundo aparte, olvidado y menospreciado, de dolores e historias imposibles de expresar y que a quién no vive allí tampoco le importan. Como desechados del sistema, casi no hay barbijos y nadie piensa en el coronavirus. Un lugar donde el amor y la muerte tienen otro significado.


Provincianos nace en la rotonda de Savio y como una serpiente de barro se tuerce a mitad de camino convirtiéndose en villa Piolín para terminar en Rivadavia. El pibito habitaba en esa última parte, en la casa de chapa y frío de cara al zanjón de aguas podridas, pero como su vida era eso desde que llegó a este mundo de mierda, no sabía que estaba mal vivir así. Los ojos negros saben lo que es el hambre, ya anduvieron por otra casas golpeando puertas, pidiendo limosnas, o recorriendo el centro con, a veces la madre, otras veces una vecina, sentado o jugando a la salida de los bancos tratando de llevar billetes que se cambian por comida, si es que no los agarra algún grandote y los transforma en alcohol. Juega a ser barrilete que vuela por la mugre y el olor nauseabundo de cosas sucias e insospechadas, después como un avioncito despliega los brazos y corre con la cabeza agachada soñando ser un piloto que se eleva libre por un cielo azul que parece mentira.
A veces recibe la patada de algún boludo que lo hace solo por aburrido y en otras ocasiones es él quien se agarra a trompadas con sus amigos para imitar lo que los grandes muestran.La villa es un hormiguero con todos convulsionados por lo de la cuarentena que pasa afuera, porque ahí nadie usa barbijo, ni los kioscos cierran, es otro mundo como siempre lo fue. A nadie le importamos dice siempre su madre.

Amor
Esa noche volaba esquivando un perro que se le había ensañado y vio un revuelo de esos que son clásicos de chupi y porros. Los tipos se gritaban, se empujaban, se amenazaban, se paraban tambaleándose y había manotazos pero nadie separaba, gritos de alguna señora harta de esa vida vacía y hombres que con los cerebros corroídos entienden que el más guapo es el amo de esa jungla de desesperanza y carencias. El pibito planeó entre los que se peleaban y los miraba como desde afuera, desde el espacio, los estudiaba como una fauna que le era impropia y nadie le prestaba atención porque la pelea subía de tono.Marina, la vecinita de vestidito azul siempre le salía al paso para pelearlo, le decía villerito -como si ella viviera en un palacio- y hasta alguna vez le arrojó un cascote. El pibito no entendía nada, "está con vos" le decía su hermano y él que no comprendía que quería decir eso. Esa tardecita Marina salió, lo cruzó, no le dijo nada y a pesar de que se cubrió, la nena le chantó un beso en el cachete y se fue corriendo. Con el rostro colorado y riéndose a carcajadas el pibito siguió volando, llevándose eso que no entendía pero le gustaba.Mientras tanto, alrededor seguían los insultos mal pronunciados, recuerdos de robos frustrados, de peleas incomprobables y más sopapos que sonaban fuerte entre festejos y birras.De repente sonó la explosión. El Rubén cayó de espaldas con media cara borrada de un escopetazo, muerto al instante de manera absurda aunque, ¿Qué muerte no es ridícula, que vida no es un sueño breve?

Muerte
Hubo más gritos, algún que otro disparo y mucha gente peleando, desgarrando la noche de dolor. Enseguida aparecieron los patrulleros tratando de controlar la locura absurda, justicia por mano propia pedían entre los disparos de los hombres de azul que no sabían como parar la violencia. Un rancho se elevó en llamas como sacrificio a dioses que no escuchan ni ven, pero demandan. Sonaban escopetazos de balas de goma, pedradas que rebotaban en los patrulleros, golpes, llantos y el pibito hipnotizado se había quedado mirando al muerto. Eran los ojos vacíos lo que le llamaba la atención, esa mirada al infinito, sin brillo, donde hacía nada había expresividad, furia y miedo, ahora existía un vacío que daba escalofríos. Era extraño ver a ese muerto, saber que ya nada sentía, que no tendría un mañana, que ya no estaba ahí, que nunca lo estuvo.Esa noche el pibito, como en un cuento de Borges, había conocido el amor y la muerte.


FOTO: Ojos que miran más allá.