Sueños de noches y Blues 


¿Cuándo dejamos de soñar y empezamos a vivir?, si es que realmente vivimos y no somos tan solo recuerdos deformados por el tiempo, la memoria, las historias, los deseos y esos amores prófugos de un lugar donde todos dibujábamos ilusiones. Hoy solo los fantasmas recorren Blues y los acordes de música y risas que parecen de otra época, de otro mundo, nos generan nostalgia e ilusión, añorando un regreso que se antoja eterno.


German Rodríguez
diarioelnorte@diarioelnorte.com.ar

Éramos tan felices y no lo sabíamos. Apuró ese trago saboreando entre sus labios la espuma del fernet y cerró los ojos soñando recuerdos, viajando apurado a la tierra de la música fuerte, los murmullos, la seducción, las luces parpadeantes, oscuridad y amigos. Miró el fondo del vaso, gastó una broma repetida mil veces a su compañero y un poco empujando, esbozando tímidos permisos y amagando como Messi en el Barcelona, llegó hasta la barra donde la morocha, que la rompía toda, servía vodka en tres vasos bien alineados, mientras otros muchachos la miraban con corazoncitos en lugar de ojos y la alentaban a que les ponga un poco más. Esa era la barra de adelante y el otro barman estaba renegando para destapar un champagne mientras un colorado lo apuraba entre risas y gastadas.
Iba para largo, y como a él le gustaba pasear en Blues, ese bar que ya había recorrido desde hace más de dos décadas y que le conocía las modificaciones, las esquinas y la magia que nacida de la música habitaba en cada lugar (fue bajo ese cuadro que la besó apasionadamente sin saberse los nombres, buscó una bebida para cerrar una noche inolvidable y cuando volvió ya no estaba y no supo si ese beso sucedió o fue solo un deseo más fuerte que las percepciones), se encaminó a la barra del fondo donde estaba Marcelito, que ya le conocía lo que quería tomar.

Fantasmas
Agarró fuerte, esta vez un gin tonic, se acomodó en la puerta que da al patio de los fumadores y cerró los ojos añorando una historia de esa pared de ladrillos con estela de los Rolling Stones. Cuando los abrió no había nadie, una oscuridad que deambulaba en el piso de adoquines y brillos, luces de sol que se colaban por las hendijas del vacío y un silencio atroz y doloroso que le lastimó los huesos, que le produjo una angustia que no podía entender. Volvió a cerrar los ojos, esta vez frotándoselos, y ya la música explotaba, las voces crecían y risas estridentes le devolvían la hechicería a la noche.
Miró la bebida, se tocó el pecho y un amigo le dio un abrazo preguntándole que dónde estaba, qué hacía, si se había perdido y le preguntó de River, de la noche, del trabajo, de su corazón lastimado y floreciente, de rocanrol, minas, fútbol y asados, de otro universo paralelo y entrañable, de ese lugar llamado paraíso que se anida en sensaciones y estados. Nos perdemos en nosotros, en lo que nos gusta, en los placeres pequeños pero que nos remontan al fuego de reunión y cavernas, al origen del ADN y se vuelven tan inmensos.

Humo
Hablaron, rieron y mucho, miraron mujeres, se contaron historias un poco exageradas, otras deformadas por los recuerdos, el tiempo, la memoria y el alcohol. Una amiga le dio un sonoro beso en el cachete, bailaron un rato, dio una vuelta que se le hizo embriagante, se tomó de la pared, se mareó, no lo entendió y cerró otra vez los ojos. Cuando los abrió había mucho humo, demasiado, no el típico que tira la máquina que confunde los sentidos en la noche de fiesta. Este humo era espeso, feo, asfixiante, era pasto quemado, animales muertos, eran lágrimas, era dolor, era pérdida y no veía a nadie, levantó la mano llamando a los amigos, pidiendo ayuda, implorando un rescate. Era un humo de un fuego que lo devoraba todo, un ‘fuego amigo’ como decía EL NORTE.

Amores y olvido
Tosió y cuando abrió los ojos estaba de nuevo en la noche, en medio de la multitud. Desde la barra Gustavo le preguntó qué le pasaba, no le entendió y le armó la frapera con las copas y el champagne que le había pedido supuestamente. Petaca, Manuel y Roberto casi lo empujaron tomándolas y como expertos empezaron a repartirla entre el grupo de amigos. Le preguntaron que por qué semejante cara de boludo, más de lo habitual, pero solo se rió y se cuestionó qué le pasaba, qué realidad era la que estaba viviendo. De la cabina del pelado, que dibujaba figuras con las partituras de la música, se asomaban Gero y Javi que lo gastaban a Iván por la boina y todo era felicidad, pero algo había que confundía los sentidos, como una adrenalina que recorría las venas a mil por hora, que lo asustaba, que le decía que solo eran recuerdos.Se acomodó en la barra larga del fondo, la noche explotaba de luces, láser, fiesta y a su lado estaba ella, que eran muchas y ninguna. Le acarició el cabello, le recordó las promesas que se dicen los enamorados, los universos que se pergeñan entre las sábanas y ese misterioso juego llamado amor, de cómo los castillos se hacen de naipes, de cómo todo pasa y vuelve a pasar y besó los labios que eran muchos y ninguno.Abrió los ojos y la tela del barbijo le pegó con la realidad.Éramos tan felices y no lo sabíamos.