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San Nicolás de los Arroyos
domingo, 26 junio, 2022

Edición N° 4091

“UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA”

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn 13, 31-33).

Por + Hugo Norberto Santiago
Obispo de la diócesis de San Nicolás de los Arroyos



      “Durante la Última Cena, después que judas salió, Jesús dijo: ‘Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en Él’. Si Dios ha sido glorificado en Él, también lo glorificará en sí mismo y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulo: en el amor que se tengan los unos a los otros”. Palabra del Señor.



Dos opciones en el modo de vivir

       Si nos preguntamos sobre el sentido de la vida, hay solo dos modos de concebirla y como consecuencia, dos estilos de vida fundamentales que de allí surgen. Si Cristo vive resucitado y eso significa también nuestra vida más allá de la muerte, vale la pena hacer nuestro el modo de pensar y de vivir de Jesús: el diálogo permanente con Dios nuestro Padre, el amor y el servicio a hermanos, el corrernos del centro y pensar en los otros, la caridad con los más desvalidos, en fin, una ética de valores que surgen del estilo de pensar y de vivir de Jesús y se centra en amarnos los unos a los otros como Él nos amó, trabajando por una sociedad distinta, pintada de justicia y dignidad. En cambio, si pensamos que Cristo no resucitó y nuestra vida termina con la muerte física, es natural que tratemos sólo de pasarla bien mientras tengamos vida, que nos interesemos solo por nosotros mismos y que cada uno se las arregle como pueda En otras palabras, pierde sentido una ética, un estilo de vida según los valores que surgen del Evangelio porque no hay futuro, solo hay presente y por lo tanto estamos condenados a vivir hoy, sin esperanza en el futuro.

La promesa de un cielo nuevo y una tierra nueva

       La segunda lectura de este domingo es del libro del Apocalipsis que en este último capítulo relata un drama que llega a su fin. Desaparecida la primera creación y entregados al castigo eterno todos los malvados, el vidente profetiza el futuro de la creación y la humanidad contando lo que ve: “Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron”  (Ap. 21,1). El “primer” cielo y la “primera” tierra, que son los nuestros de ahora y de cuya creación nos habla la primera página de la Biblia, han desaparecido. El vidente contempla un mundo nuevo, querido por Dios, un mundo del que está ausente el mal y en donde todo el bien que puede imaginarse recibe su potenciación hasta el infinito. El vidente ve también la “ciudad santa”, que es la convivencia que Dios –que desciende del cielo– construye con los hombres, para vivir en una alianza definitiva que significa una reciprocidad de vida y amor.



      Cuando Dios haya llevado realmente a cabo toda su obra –sigue diciendo el vidente–, ya no se oirá más el lamento desgarrador de los que son víctimas de la violencia; cesarán los gritos de los oprimidos que ven pisoteados sus derechos, y hasta el cansancio y el esfuerzo físico desaparecerán por completo. Y, para mostrar hasta qué punto Dios se ha comprometido con las vicisitudes del hombre, dice que “las lágrimas”, la expresión más humana y personal del dolor, serán enjugadas personalmente por Dios, “y no habrá más muerte ni pena ni queja ni dolor, porque todo lo de antes pasó”. Finalmente, el vidente ve a Cristo que dice: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Los gérmenes de la primavera de este mundo nuevo que anuncia el vidente del libro del Apocalipsis se encuentran en todo el bien que existe en el mundo de ahora, aunque resulte menos evidente que el mal.

Un nuevo alumbramiento

      Un autor describe la vida que vivimos hoy como la de un niño que crece en el seno de su madre, ese es su ámbito de vida, allí está cómodo, protegido y alimentado y no conoce absolutamente nada de lo que existe fuera. Cuando llega el momento del alumbramiento el niño siente que es “expulsado” de ese lugar, por eso si pudiera hablar diría: “Esto es el fin”. Sin embargo, no se podía imaginar que fuera se encontraría con un enorme y gozoso abrazo de sus padres, en un mundo nuevo, desconocido para él hasta ese momento, con una vida relacional, con un panorama más amplio que cuando estaba en el seno materno y un nuevo proyecto de vida por vivir. En esta nueva etapa fuera del seno materno maduramos por el amor que nos lleva a comprometer nuestras manos en la historia, hasta que después de cincuenta, sesenta o setenta años, tal vez noventa, llegue el momento que tengamos que hacer frente a un nuevo alumbramiento. Como a los niños que nacen y tienen que ser lavados, es altamente probable que Dios nos tenga que “lavar” de lo malo que se nos pegó y motivamos en la historia vivida, se alegrará y nos agradecerá el bien que sembramos; y con certeza, podemos  esperar un abrazo de quien es Padre, sabrá curar nuestras heridas y secar nuestras lágrimas en un mundo nuevo donde ya no habrá mal ni muerte. Esa es la visión de la vida que nos regala Cristo Resucitado mediante la fe y es lo que nos anima a los bautizados para seguir trabajando por todo lo que sea bueno, noble y justo en un peregrinar que a veces nos regala tiempos felices y por momentos se hace “valle de lágrimas”.

Buen domingo.

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